Manolo es gay. Habrá muchos en España, imagino. Pero yo hablo de una canción de 1997 de Los Petersellers, unos madrileños que le daban al rock y a la guasa. Me compré ese CD, Los Petersellers contra el Dr. Thedio, tras escuchar algunas de sus canciones. Entre ellas, esta, la cual sonaba alegremente en las radiofórmulas de la época como uno más. La letra no es especialmente transgresora ni mucho menos ofensiva. Es simpática, propia de ese cóctel de notoriedad que suelen crear la juventud y la música.

Sin embargo, dudo que hoy en día volviese a suceder que algo así sonara en la radio. Solo el título reuniría a los comités de expertos con piel ultrafina llevándose las manos a la cabeza, sin limitarse a ver siquiera la letra al completo. "¡Es que dice gay! ¡Warning, warning!". Todos estamos seguros de que pasaría. Lo que no me queda tan claro es cuándo empezamos a ser así.

Cuándo empezamos a dejar de llamar a las cosas por su nombre y a ponerle etiquetas eufemísticas para no herir a quienes ni siquiera se les preguntó si esas palabras les dañaban o no. La primera persona negra que conocí me explicó en cuestión de minutos, con una sonrisa en la boca, como siempre hacía, que él era negro. Que de color me ponía yo después de las carreras en el recreo o cuando estaba malo. Tampoco son negritos, salvo que sean pequeños niños con la piel oscura, claro. Yo era un niño y lo entendí. Las cosas se aprenden bastante mejor cuando te las explican de pequeño y con claridad.

Hoy en día estoy perdido. Ya no sé si hay que hablar de LGTB, LGTBI o LGTBIQ+. Ya no sé si persona discapacitada o minusválido son términos ofensivos. Solo sé que las etiquetas han cobrado más importancia que lo que hay tras ellas. El tiempo que se emplea en ese debate se pierde en afrontar sus problemas y derechos, la nuez de todo. Más aún en esta instagramarquía que cada vez hace más preponderante lo audiovisual sobre la escritura. En lugar de lo que aprenden los niños, se está más pendiente de qué palabras censurarles a los profesores ante ellos. Le ponemos un horario infantil a las televisiones mientras que programas que se basan en insultarse y mercadear con las miserias humanas, así como los otros formatos coprófagos que se realimentan de ellos, campan alegremente por la parrilla. E, incapaces de controlar todo eso, algunos pretenden decirnos cuáles son los límites del humor, justo después del chiste que a ellos no les ha hecho gracia. Manolo era gay. Hoy seguramente sea políticamente correcto o un ofendidito más.

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