La Catedral de Sevilla acogerá el próximo día 18 la beatificación de 27 católicos (la gran mayoría de ellos dominicos) que fueron asesinados durante la Guerra Civil por milicianos leales a la República. La ceremonia nos vuelve a colocar ante el incómodo espejo de nuestro pasado como nación, tantas veces manipulado por unos y otros. También nos recuerda hasta qué punto son sectarias las distintas legislaciones sobre la mal llamada "memoria histórica" o "democrática", que establecen víctimas de primera y segunda categoría, dividen la historia entre buenos y malos y demonizan a media España con el único objetivo de intentar atornillar la supuesta y falsa superioridad moral de la izquierda. Los crímenes de la República son una realidad evidente que, según muchas investigaciones, va más allá de grupos de exaltados que actuaban fuera del sistema. Hubo colaboración por acción u omisión de autoridades republicanas en no pocas de las matanzas de religiosos o "elementos derechistas". De las víctimas del franquismo, muchas de las cuales aún se amontonan en fosas comunes para vergüenza del país, no hablamos porque ya se encargan de hacerlo continuamente los medios oficiales y oficiosos.

Los asesinados dominicos son mártires porque murieron por su fe. Por eso la beatificación cuenta con la obligada aprobación del progresista papa Francisco. De lo máximo que se les puede acusar a estas víctimas secundarias es de ser "el opio del pueblo" y ese tipo de sandeces, pero mucho nos tememos que no tendrán ningún tipo de reconocimiento por parte de las autoridades nacionales. ¿Tampoco de la Junta? Ya lo veremos, pero por lo pronto la ceremonia nos recuerda que el PP andaluz y el juanmismo triunfante no han hecho absolutamente nada para desmontar la ley de memoria andaluza. Se han limitado, sencillamente, a enterrar la cabeza e ignorar el problema. Omisión y maneras de avestruz, pura escuela Rajoy.

Como bien estudió don Julio Caro Baroja, la violencia anticlerical de la Guerra Civil tiene sus raíces en un siglo XIX que fue especialmente virulento en la persecución de frailes y monjas, algunas veces simples desgraciados que sólo buscaban en el convento un techo y un plato de sopa. Esta raíz histórica no justifica, como han pretendido algunos, la saña y crueldad con la que se asesinaron a muchos religiosos durante la Guerra. Sería un gran paso que a la ceremonia del día 18 acudiese una alta representación del Gobierno de izquierdas. Eso sí sería un ejemplo de memoria y reconciliación. Y de decencia.

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