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Ministro camarada garzón

Sus intensivas palabras sobre una intensiva explotación despertaron un murmullo intensivo acerca de su estupidez

Se perdió. Intentó remontar a la casilla de victoria. Agitó banderas. Dijo "aquí estoy yo". Que todo el mundo supiera que, por encima de analfabetismo e incultura, era el líder quien hablaba. Pero, una vez más, perdió. Verán, aquí no es como el Juego de la Oca. Nunca vuelves a tirar. Si tus palabras no cobijan un halo de buena intención, si anteponen batalla a responsabilidad, beneficio propio a interés común, la historia te reserva un lugar entre los nunca deseados. El que le espera.

Sus intensivas palabras acerca de una intensiva explotación ganadera, además de provocar un intensivo murmullo acerca de su estupidez, despertaron, también intensivamente, una pregunta entre quienes jugamos en inferior división: porqué. Porqué un altavoz internacional para despachar de manera tan burda y mema. ¿No sintieron como yo vergüenza ajena? Bueno, mema y burda, no. Un interés electoral en la cercanía de elecciones en Castilla la Mancha justifica para D. Alberto despreciar los intereses económicos de España. Claro, que igual eso importe poco al camarada.

Curioso. Estos temas ya se analizan en los movimientos asamblearios de Puerta del Sol. Acampadas y mano alzada pasan a mejor vida al son de una jugosa nómina a fin de mes. Ya no. Eso era cuando uno no es nadie. Ahora el camarada Alberto tocó pelo. Ahora lo bautizaron como ministro D. Alberto. Ahora está más a su altura recurrir al altavoz de The Guardian. Produce más réditos electorales. Y se mancha uno menos que sentándose en la plaza de cualquier ciudad.

La cara B de este disco. Qué habrá hecho el padre de tan gran y mal avenida familia para arreglar el enésimo desaguisado. Las guerrillas en casa últimamente desbordan la convivencia y no parece que nadie ponga paz ni ejerza autoridad ante este simulacro de Gobierno. Cada cual hace lo que quiere. Lo bochornoso no será esta lamentable imagen (y la cara de pánfilos que se nos queda). Lo bochornoso no será que hijos de un Gobierno elegido a dedo por su presidente, a pesar de peleas y navajazos públicos, sigan detentando cargo y nómina sin que se produzca cese alguno. Lo bochornoso no será la imagen exterior de pachanga que produce. Lo bochornoso es que uno (y muchos), en su hartazgo, cada vez le importa menos la erosión que ocasionan a instituciones esenciales de nuestro estado de derecho y nuestra propia credibilidad como Nación históricamente pujante.

Decía Abraham Lincoln que hay momentos en la vida de todo político, en que lo mejor que puede hacer es no despegar los labios. Quizá ese momento ha llegado. O estemos cerca, muy cerca.

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