Carta a los Reyes Magos: los regalos de verdad que necesita un niño
Objetor de fiestas
Pánfilo, el bribón que me parasita, se me ha vuelto objetor de fiestas. Él, que las pregonó antaño
He tenido que recordarle a Pánfilo, ese hambrón que me deja sin mi plato de cocido granaíno de habicholillas verdes, objetor en la actualidad de cualquier fiesta, que él ha sido pregonero de las fiestas de algún pueblo, subido al balcón del ayuntamiento, proclamando, entre el jolgorio generalizado, que había que reventar los relojes con un arcabuz. “Porque debéis saber, amigos –discurseaba–, que era Saturno el dios del tiempo al que adoraban los romanos, y, bajo su designio, los mortales medían el tiempo en grandes ciclos que se correspondían con los de la naturaleza... Cuando llegó la época en que muchos hombres tuvieron que trabajar para unos pocos, que los controlaban y explotaban, nacieron los relojes que cuentan las horas implacables de suplicio y se instalan visibles para todo el pueblo en torres y campanarios”. En ese momento de la perorata, era cuando, con el puño cerrado, señalando el reloj del ayuntamiento, pedía, como en su día hicieran los revolucionarios franceses, que lo reventaran. Muy serio, me explica que entonces las fiestas no eran la industria tóxica que transforma hoy en parques temáticos, estereotipados y, supuestamente, congelados en su mejor momento histórico, ciudades hermosísimas como Granada, Venecia, Málaga o Roma. Le arguyo que, gracias a esa toxicidad, sus habitantes comen tres veces al día, se duchan, les compran huevos kínder a sus hijos y pueden poner la lavadora. ¡Claro!, me contesta, así estamos: incapaces de crear sociedades razonables, con buenos médicos y maestros; de construir viviendas para alquilar o vender a los jóvenes a precios asequibles. Vamos eliminando paulatinamente las conquistas sociales de los trabajadores –a los que la IA sustituirá pronto–, sometiéndolos a jornadas laborales agotadoras, como meseros de España, barra libre mundial, y –en el rato que les queda libre–, convirtiéndolos en generadores y consumidores ellos mismos de un ocio barato –sin mansiones, sin rallas adulteradas y sin yates reservados a los ricos–, compuesto de desfiles militares, procesiones, días a cascoporro de cualquier cosa y de concursos de pasapobreza en los que ganar unos eurillos para ir a Punta Cana. ¡Nada de romper los relojes a arcabuzazos!, termina. Repararlos para que marquen solo ocho horas de trabajo; y los perdigones para los malos patronos.
También te puede interesar
Yo te digo mi verdad
Manuel Muñoz Fossati
Vuelve el cristianismo
En tránsito
Eduardo Jordá
Mon petit amour
Crónica personal
Pilar Cernuda
Izquierda y derecha
Lo último