La ciudad invisible

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Patera entre bañistas

Ese pelotón africano que desembarca en la playa ansía nuestras migajas, y por ellas se viene a hacer lo que sea

La fuerza de algunas imágenes habla por sí sola. Difícil no conmoverse ante el vídeo ya viralizado en grado sumo de ese pelotón de desarrapados pasando por delante de los atónitos bañistas a pleno luz del día para, entre las rocas, allí donde la escapada tenga más garantías, desembarcar presurosos e iniciar la carrera para burlar a la ausente policía.

Pocas veces se mezclan de este modo dos noticias habitualmente contadas-filmadas por separado. O vemos a los temerosos inmigrantes clandestinos desembarcar de alguna patrullera, agotados, sedientos, hambrientos y deprimidos por ver su sueño truncado y su bolsillo vacío desplumado por las mafias que les dan servicio; o, de otro lado, vemos a los veraneantes petando las playas mientras el comentarista nos da las cifras de ocupación hotelera en los más codiciados destinos.

Y, de repente, se unen en una sola escena dos noticias de suyo opuestas y en esa conjunción se produce un chirrido en el flujo constante de ideas y hasta una reflexión al hilo de la sorpresa. Nosotros disfrutando y ellos jugándose la vida mientras huyen del hambre y la falta de horizontes hacia una tierra prometida (la nuestra) que se les figura salvadora.

Casi sin darnos cuenta, nos hemos ido convirtiendo en el primer mundo y hemos pasado de codiciar las bondades europeas a ser envidiados por tenerlas. Seguimos empeñados en la queja de lo mal que está lo nuestro hasta que surgen imágenes así, elocuentes por sí mismas, y nos sentimos ridículos con nuestra insatisfacción constante por no tener otro coche mejor o ganar más en un trabajo que además nos satisfaga y nos permita comprar más aún. Ese pelotón africano que desembarcaba en una playa de Chiclana ansía nuestras migajas y por ellas se viene a hacer lo que sea, es decir, lo que ya hicimos los españolitos de boina y cara de perdidos en Alemania o Francia cuando sólo éramos carne de industria pesada y al kilo.

Claro queda que Europa fracasa con su política hacia el norte de África y que alambradas y patrulleras no pueden ya contener a todo un continente loco por tirarse al mar para, aunque sea a nado, llegar a su El Dorado. Nosotros, cualquiera de nosotros, puede que hiciéramos lo mismo. Pero, mientras tanto no somos ellos, sigamos untándonos la crema y tomándo el solecito.

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