Rafael Castaño

Petra

El mundo de ayer

Hace unos meses subimos a Zamora, a la capital, porque mi abuela, que tiene 97 años, estuvo muy mala

24 de noviembre 2023 - 00:00

Yo nací en Sevilla, pero mi padre, por si no lo saben, es de Alcorcillo de Aliste, un pueblo chiquitito y zamorano pegado a Portugal. Todos los veranos íbamos a ver a mis abuelos y a encontrarnos con mis tíos y mis primas, que viven en Zaragoza. Dábamos paseos, íbamos al bar a comer helados, pasábamos las noches jugando a las cartas.

Ahora seguimos yendo, tratando de vernos o cada cual por su lado, porque el año es largo y los años son cortos, y el abuelo se fue y nacen los nietos, y llegan y se van los trabajos, y el tiempo y las agendas son muchos y divergen y es difícil concertarlos. Mi padre sube y baja por la A-66, por la Ruta de la Plata. Mis tíos y mis primas van y vienen por la N-122, por el valle del Duero. Yo voy y vengo en tren desde Madrid. Hay muchas historias parecidas, y por eso escribo esta, porque creo que hablando de mí estoy hablando, aunque sea un poco, también de ustedes.

Hace unos meses subimos todos los que pudimos a Zamora, a la capital, porque mi abuela, que tiene 97 años, estuvo muy mala. Un viernes el doctor le dijo a mi padre que al lunes no llegaba. Pasó el fin de semana, y el lunes y el martes pasaron, y el miércoles mi abuela salió del hospital para seguir viviendo. Se llama Petra, y es dura como su nombre, como tantos en su tierra. En un pasillo de su residencia hay un tablón dedicado a los residentes centenarios. Habrá como seis o siete fotos. Todo aquí dura más o es más lento. No sé si es el frío o el hambre o el trabajo, o si son el frío, el hambre, el trabajo y veinte penurias más, que España si en algo fue rica hace años fue en penurias.

Voy a verla cada mes más o menos, y mi padre y yo nos quedamos sentados un rato cada día a su lado. Hablamos poco y de pocas cosas, porque está muy sorda, pero tiene bien la cabeza, que es lo más importante, y muy buena memoria. Yo creo que la he heredado de ella. Me acerco a su oreja y le pregunto lo que sea a voz en grito, y a veces se entera y otras no. Pienso que es como acercarse a una ventana abierta y oscura, y que al adentrarse en su negrura mis ojos, que son los ojos del pensamiento y del recuerdo, se ajustan y ven un inmenso panorama, lleno de tiempos y de lugares: ven a mi abuelo en Francia, de ilegal, y ven a mis abuelos dejándolo todo para irse a Locarno, al hotel Quisisana, y ven los chopos altos y los arroyuelos suaves, y los campos de trigo, y las vacas y las moscas, los carros y los todoterrenos, y ven las pieles curtidas, las manos duras, las botas sucias. Y al fondo del todo mi abuela tal vez me vea a mí, asomado a su mundo, pensándola y pensándome, y creo oírla decirme, sonriendo: “Yo soy tú”.

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