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Tinta y borrones

Reencuentros

Pasan los años y ahí están, ahí estamos, con nuestros logros y nuestras miserias, sin juzgarnos, escuchando

C UANTAS veces han oído esa frase de que los años universitarios son los mejores. Todo el mundo te lo repite cuando estás a punto de iniciar esa etapa y genera tanta expectación que al final puede acabar decepcionando. No es que fuera mi caso, pero una echa la vista atrás y los años de Universidad, claro, estuvieron bien, pero lo que vino después fue bastante mejor. Una hizo lo que pudo. No porque Periodismo fuera precisamente una carrera complicada, sino porque en aquella época el sentido de la responsabilidad y el no defraudar pesaban como una losa, mucho más de lo recomendable a esa edad. Es curioso que conforme ha pasado el tiempo se ha soltado parte de esa carga emocional que no trae nada bueno. La cuestión es que los años universitarios no son para tanto sino fuera por las personas que llegan para quedarse, las que se convierten en familia y siguen siendo imprescindibles en lo bueno y en lo malo.

Pasan los años y ahí están. Que no falte un par de reencuentros al año para recordar otra vez cuando fumábamos en los pasillos de la facultad, la isla Saona, el último trabajo entregado sobre la bocina. Ahí están, ahí estamos. Con nuestros logros y nuestras miserias pero sin juzgarnos, solo escuchando, acompañando. Ahí estamos, culpándonos otra vez por haber tardado tanto tiempo en volver a vernos, sirviéndonos de pura terapia y recolocando otra vez todo en su sitio. Ellas, ellos, son lo mejor de esos años universitarios.

Claro que luego vinieron tiempos mejores. Tu primer trabajo y la independencia económica. Sentirte poderosa, viajar mucho, aprender mucho, esforzarte mucho y disfrutar mucho. Esos son realmente los mejores años, cuando todavía no eres consciente de lo rápido que pasa todo y tu sueldo, aunque no sea el que mereces, te vale para llevar la vida que habías imaginado a esa edad. Pero el tiempo pasa y lo que era algo pasajero, para empezar, temporal, se convierte en la norma y las motivaciones de antes ya no bastan.

Entonces aparecen ellas para ponerlo otra vez todo en su sitio. Para recordarnos lo que somos, para volver a sentirnos poderosas y convencernos de que podemos con todo. Realmente los años universitarios fueron los mejores, porque sino no las hubiera conocido, porque de lo contrario me quedaría sin estos reencuentros que vuelven a darle sentido a todo.

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