Trincheras

Mientras las terrazas de los bares sigan llenas, Sánchez continuará gobernando sin grandes problemas

Nos guste o no, la aberración legal que supone La ley de Amnistía no le preocupa mucho al hombre de la calle, si es que existe esa persona común a la que le atribuimos las cualidades del ciudadano medio. Mientras las terrazas de los bares sigan llenas y la gente pueda llegar más o menos bien a fin de mes, Pedro Sánchez continuará gobernando sin grandes problemas. España es el país de Europa donde hay más juristas por centímetro cuadrado, pero la gente común no tiene ni la más remota idea de los conceptos básicos del Estado de Derecho. Hagan la prueba y pregunten a alguien qué significa la presunción de inocencia o la independencia del poder judicial. Pregunten, pregunten, y verán con qué respuestas se encuentran.

Así que la ley aprobada anteayer no tendrá grandes consecuencias (y miren que me duele decirlo). Desde que se ha instalado la política de trincheras, las lealtades instintivas –lo que podríamos llamar las pulsiones del cerebro reptiliano– se han puesto muy por encima de toda decisión racional. El otro día, no sé quién se quejaba de que conocía a gente muy bien formada –y además inteligente– que iba a votar a un perfecto irresponsable como Alvise Pérez para las elecciones europeas. Pero yo también conozco a gente muy bien formada –y además inteligente– que va a votar con los ojos cerrados a Pedro Sánchez no sólo en las elecciones europeas, sino en todas las elecciones que se convoquen hasta el día del Juicio Final. En realidad, no votamos por un frío razonamiento intelectual –o muy poca gente vota así–, sino que votamos por mecanismos psíquicos que se ocultan en los estratos más recónditos de la mente, allá donde bucean los psicoanalistas (y los estafadores). Votamos a la derecha o a la izquierda porque tuvimos una infancia feliz o desdichada, o porque todavía no hemos aprendido a soportar a nuestros padres (sobre todo a nuestro padre), o porque no podemos convivir con determinados aspectos de nuestra existencia. Esto es todo. No votamos a causa del “genocidio de Rafah” –aunque no sepamos ni qué es un genocidio ni dónde está Rafah–, sino que votamos porque tenemos “los pies firmemente apoyados en las nubes”, por decirlo con un aforismo del gran Ennio Flaiano. En fin… Llegará el verano y todos nos olvidaremos de la amnistía porque lo único que nos importa es esa cervecita helada que ya viene de camino.

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