Carta a los Reyes Magos: los regalos de verdad que necesita un niño
Trump
Al Gran Hombre le siguen una exmodelo inflada artificialmente en varias zonas de su cuerpo y un niño que expresa en sus gestos cualquier cosa menos alegría o vitalidad. Una especie de niño/zombi de intenciones inescrutables. A veces se retuerce la mano derecha y otras trata de escabullirse de las cámaras que persiguen a su familia ocultándose tras la corpulencia de Donald Trump, su padre.
El Gran Hombre mira con cara de enfado a cuantos le rodean y solo se muestra feliz cuando localiza en sus mítines a los ciudadanos de la América profunda, que unas veces se visten de Ku Klux Klan y otras de granjeros de Oregón.
Habla con tanta naturalidad de "países mierda", de muros y expulsiones, de terroristas e islam, como de todo lo contrario: es la ventaja de la ignorancia. Va descubriendo el mundo a golpes, y hoy dice digo donde mañana dirá Diego. Con naturalidad y sin agobios. Ahora, por ejemplo, plantea concederle la nacionalidad norteamericana a los inmigrantes ilegales que hasta hace poco se proponía expulsar sin contemplaciones. Y su comentario sobre las lluvias torrenciales y las nevadas "grandilocuentes", sí, grandilocuentes por su capacidad descriptiva de lo que nos espera con el cambio climático, fue el propio de un garrulo con retranca: "¿No hablaban de desertización los listillos...? ¡Pues ahí tienen agua para combatirla...!".
En una reciente comida con dirigentes africanos Trump se refirió a "los progresos de Nambia" y dejo a los asistentes con la boca abierta porque Nambia no existe. Pero no importa. Donald se inventa países como otros aquí se inventan naciones: con desparpajo.
A mi Trump me parece divertido. Excita mi vena frívola. Es el espejo de la sociedad que vivimos. Un adalid de lo que ahora llaman progreso y modernización. Es decir: que los ricos sean cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Como en España, sin ir más lejos, donde el 10% de sus habitantes controla ya el 57% de la riqueza del país.
En España, a la vanguardia en tantas ocasiones de las majaderías universales, tuvimos también nuestro Trump de bolsillo: Gil y Gil. Del que ya nadie se acuerda, pero que en su momento partió el bacalao y tuvo votantes y admiradores. Solo que Trump quiere dominar el mundo y Gil y Gil se conformaba con Marbella.
Cuestión de gustos.
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