Monticello

VICTOR J. VÁZQUEZ

Veracidad

Nos hallamos ante el retorno de lo tangible, donde nada es más sospechoso que la huera palabrería radical y populista

En su famoso viaje por la América temprana, el curioso Alexis de Tocqueville pronto se dio cuenta de cómo un intangible, The Trust, la confianza, constituía una pieza angular de aquella inédita sociedad democrática. En una nación que se estaba construyendo sobre las bases de un pluralismo radical, del todo distinta a las sociedades europeas, había que tejer el espacio público presuponiendo el cumplimiento del compromiso ajeno. Esa confianza, como años más tarde teorizara Max Weber, sería fundamental para el desarrollo del capitalismo norteamericano, dado que detrás de cada contrato había hombres cuya honradez era respaldada por una comunidad cristiana que daba fe de su palabra. Pero esta idea de confianza era también corolario de una idea de virtud pública, de veracidad en la política. No todo en el candidato, en el político, podía ser un producto de consumo. Debía de haber en él, en su lenguaje, algo permanente, un suelo ideológico definido y veraz. Este suelo no sería la medida de su intransigencia, sino la prueba de su identidad, y el presupuesto mismo de su capacidad de pacto.

La era digital ha sido vista por algunos autores como el fin de esta veracidad en la política. El éxito democrático estaría ahora basado en la maleabilidad de la oferta, en la capacidad del líder para amoldarse disciplinadamente a los consejos de sus asesores a la hora de adaptar sus actos, su discurso y su propia ideología a las tendencias sociales. En definitiva, en su cualidad como producto. No obstante, el presente reciente de la política española pone en cuestión si este culto extremo a la ciencia demoscópica, al análisis de datos digital, es siempre realmente rentable. Crear una imagen no ya que mejore al candidato sino que lo sustituya por completo, privándolo de toda posibilidad real de expresar su esencia ideológica, si es que la tiene, convierte a este en un títere carente de veracidad y a la postre fungible, desechable al primer contratiempo por aquellos mismos que le han abocado a la simulación.

En cualquier caso, de ahora en adelante, será capital distinguir entre un político atento a la realidad material de su país y un mero obrero de las pulsiones sociales, de los fastos digitales. Todo indica que los años de ilusión digital, de política líquida, se dan definitivamente de bruces con una realidad brusca, en la que, no por suerte, nos marca el terreno del juego constitucional problemas tan clásicos como la guerra o la escasez. Nos encontramos, probablemente, ante el retorno de lo tangible, donde nada es más sospechoso que la huera palabrería radical y populista, ni más necesario que la veracidad.

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