La ciudad invisible

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Versallescos, al menos

Entre capítulo y capítulo de 'Versalles' a veces pienso qué ocurriría si encerraran así a todos nuestros parlamentarios

Las series son para el verano, claro está. Lo intenté en invierno con Juego de tronos, por indicación de mi amigo, gran guía turístico y experto seriéfilo Álex García, asesor constante en ese mar suculento que es la parrilla de series televisivas. Pero no, no conecté con aquel mundo gótico, con aquellos arrebatos pasionales capítulo a capítulo, con aquella poética mitad El Señor de los Anillos mitad Dune.

Inasequible al desaliento me tragué enterita Espartaco y luego Roma y alguna más que di al olvido. Para culturizarse uno. Y, de repente, llegando al silente julio, apareció Versalles en mi pantalla, presioné el intro y ya soy un yonki de esos trajes brillantes y esos peinados nazarenos, de esa maldad naif sin disimulo, de esa cárcel teatral que ideó Luis XIV para su nobleza intrigante y gandula. Impagable escenografía y mejor fotografía. Arte.

A veces pienso, entre capítulo y capítulo, qué ocurriría si encerraran así, en algún coto con palacio a las afueras de Madrid, a todos nuestros parlamentarios, los verdaderos nobles-diletantes de hoy. Así, juntitos, hala, a convivir se ha dicho, en plan Gran Hermano elegante. Igual hasta se entendían, y lo que ahorrábamos. No caerá esa breva...

Me tiene hechizado la serie. Un deleite ver cómo la maldad del poderoso oculta un alma atormentada prisionera de sí misma. El poder en estado puro. Lujo, oropel y secundarios del pueblo llano que susurran al oído del monarca que el pueblo son personas de carne y hueso, esa que en la serie golpean, envenenan o expulsan de palacio. Y las mujeres como mera mercancía, paridoras que ascienden a golpe de entrepierna y apreturas de corsé. Un infierno de sonrisas y codazos por una mirada.

Ves que Versalles retorció el difícil arte de la etiqueta palaciega que, bien mirado, tanto necesitamos cuando los equilibrios de poder sustituyen a los rodillos que asolaron estos pagos.

Nuestros líderes debieran superar su adolescencia y volverse más versallescos. Peleados entre sí, se toman el cargo por lo personal, y ahí es donde la serie aclara que el bien común debe triturar los egazos. Al menos así era en los tiempos en que un monarca templaba los ánimos. Ahora, condenados a entenderse ellos solitos, tendremos que ponerles en su sitio. Viendo Versalles, por ejemplo.

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