Carta a los Reyes Magos: los regalos de verdad que necesita un niño
Volvió la primavera
Hay más catequesis en un desfile procesional que en infinidad de sermones y en muchas parroquias
Volvió la primavera y la Semana Santa. Y con ella, la luz del alba y las madrugadas a llenarse de aromas de incienso y sones de cornetas y tambores. Volvió la Marcha Real a sonar alegre y vibrante, acompañando al paso, que sale o se retira, a hombros de una cuadrilla entusiasta que vuelve feliz y derrengada. Volvió la fe del pueblo o la tradición o la costumbre, a sentirse viva en las calles. El recogimiento y el jaleo; el silencio, la bulla y la emoción del corazón encogido por los recuerdos y alegre por la vida que brota del alma. Volvimos a vivir, con el miedo a la muerte que nos acompaña silenciosa, ya dos años. Con los mismos recelos, pero con las heridas abiertas de una tragedia que sigue latente y que nos dejará marcados. Nadie sale indemne de tanto dolor y tanta angustia.
Y con la Pascua, volvieron nuestras contradicciones de siempre con la crudeza de siempre. La España de templos casi nunca llenos y calles repletas de fieles, estetas y curiosos. La Andalucía de la fe popular y vibrante que no atiende a encíclicas ni teologías, pero lleva a Dios y a Su Madre en lo más profundo de su alma. La misma que aúna creyentes fervorosos con cofrades ateos, penitentes agnósticos, costaleros descreídos y con aquellos que no entienden la fe de saeta y procesión y se alejan de esas calles que huelen a azahar y vibran de emoción y fe.
La Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor es un relato lleno de humanidad. Quizá demasiado humano. Tan humano que asusta. Conmemoramos una historia de tanto dolor como gozo; de tanta alegría como tristeza, amistad, traición, verdad, engaños, lágrimas, esperanza o muerte. Pero, sobre todo, una historia plena amor y vida. Quizá a los teólogos le chirríe. Y con ellos a quienes racionalizan tanto la religión que confunden tradición con idolatría. Pero les guste o no, hay más catequesis en un desfile procesional que en infinidad de sermones y en muchas parroquias. Porque es Dios quien se hace realidad ante los ojos de quien lo mira, desarmado, a los suyos. Es Dios quien aparece derrotado en una cruz que procesiona escoltada por la luz temblorosa de cuatro hachones y el silencio cortante de una Humanidad que se derrumba. Y es también Dios, quien cada domingo de Resurrección nos recuerda triunfante que es la vida, la luz y la alegría lo que Él encarna. Quizá, por todo ello, cada año volvemos a arremolinarnos en nuestras calles y plazas por Semana Santa.
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