Año 2042. El auge de la inteligencia artificial y la realidad aumentada ha normalizado la contratación de robots como personal dominante en la mayoría de empresas. Amén de un funcionamiento más eficiente en tareas físicas, los nuevos algoritmos de programática han conseguido recrear situaciones reales de interacción humana. Así que las máquinas han pasado del "su tabaco, gracias" al "Buenos días, señorita, ¿en qué podría ayudarle?"; "¿conoce usted los beneficios de esta leche de soja por encima de la que suele comprar? Déjeme que le asesore". "Inserte el pie en este molde virtual y le diremos la talla exacta que precisa; en caso de sentirse conforme, expediremos el pedido de inmediato en su buzón".

Robots con forma humana, diseñados para responder de manera pausada al comprador más furibundo, ese que confunde lo de que el cliente siempre tiene la razón con poder gritar y exigir a su antojo apelando a malas artes verbales y gestuales. Con 15 idiomas incorporados a su diccionario y perfectamente educados para hablar un lenguaje inclusivo y feminista. Que no necesitan una parada para el café o el cigarrito, que no se distraen viendo memes ni van parsimoniosamente al baño porque ya aprovecha y se pone al día con las stories de Instagram.

Así que las ganancias de las empresas crecen exponencialmente. El mantenimiento del robot es más económico, la productividad se eleva y las horas de la jornada laboral se pueden estirar más. Los empresarios empiezan a ganar tanto que el dinero deja de ser un valor diferencial. Y como no todos los trabajos pueden ser soportados por un robot, las empresas tradicionales, las sustentadas por dependientes humanos, se convierten en guetos, en un zoco de románticos. Un día, una convención de líderes mundiales del negocio se reúne y concluye que la manera de diferenciarse es una decisión vintage: apostar por mujeres y hombres virtuosos del trato humano para curar la caquexia emocional del mercado. De pronto, los mirlos blancos pasan a ser las personas que hacen reír. Comienzan a ofrecerse sueldos extraordinarios a las personas que crean complicidad con el cliente. Quienes empatizan con la cara triste de su compañero de mesa ascienden a los rangos más ponderados. Lo humano se pone en boga, las superficies con más seres de carne y hueso que bits empiezan a ser más visitadas… hasta que dos años después nuevos líderes se cansan de esta moda y la imperfección humana y reinstalan la preponderancia robótica con modelos más evolucionados.

Este artículo es solo una distopía literaria. No hace falta esperar 20 años para darnos cuenta de que aquellos valores humanos en el trabajo deben recibir un trato diferencial. Un empresario debe saber que la inteligencia artificial sin la emoción natural camina hacia la reducción, no hacia la evolución. Y un currante debe cultivar su yo interior tanto como sus conocimientos técnicos.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios