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Wuhan

Las imágenes de Wuhan nos permiten remontarnos a las atroces cuarentenas de los burgos medievales

Lo hemos visto por televisión: los habitantes de Wuhan, en cuarentena por el coronavirus, se daban ánimo entre ellos, de un edificio a otro, multitudinariamente, y amparados por la oscuridad de la noche, más propicia para este tipo de efusiones fruto del miedo, del desánimo, de la esperanza. También hemos sabido que la bolsa se ha "contagiado" de ese amago de epidemia oriental, cuyo nombre ya hace perder dinero a bolsistas celéricos y angustiados. Obviamente, estas imágenes vienen a sedimentarse sobre el difuso temblor apocalíptico que hoy nos embarga. Lo cual nos permitiría remontarnos a las atroces cuarentenas de los burgos medievales, aherrojados por la peste, y cuyo miedo estudió magníficamente Delumeau, hace ya tantos años.

También podríamos hablar de la quema de brujas en occidente durante el XVII (mucho más numerosa en centroeuropa que por estos pagos), y cuyo origen no era otro que la escasez, personificada en las hechiceras, a quienes se culpó del insistente fracaso de las cosechas. El historiador alemán Philipp Blom acaba de explicar el actual cambio climático remitiéndose a la Pequeña Edad de Hielo, lo cual equivale, de algún modo, a explicar el calor a través de frío, y las condiciones inhóspitas de la Europa barroca como acicate nebuloso de la economía capitalista. Pudiera ser. También pudiera ser, como se ha dicho con frecuencia, que el hombre moderno, su áspero individualismo, surgiera de la soledad abisal, nacida con las epidemias, como se cuenta en el Decamerón de Bocaccio de un modo alegre y desvergonzado. El hecho es que en los manuales de los 70 no se encuentra mención al clima (pienso, por ejemplo, en el estupendo La cultura del Barroco de Maravall), asunto que parece en vías de subsanación, y que dice mucho de las inquietudes que hoy ocupan la mente del afligido hombre contemporáneo.

En esto, hemos de confesarlo, sí nos parecemos al XVII de Milton, de Felipe IV y Robert Burton. Pero no en las habilidades médicas que hoy nos asisten. Y tampoco en la milagrosa facultad para ofrecer alimentos a una población exangüe. Por fortuna para nuestros apocalípticos, el Apocalipsis no se nos presentará al modo triunfal en que lo hizo entonces. El hombre de hogaño, aquel hombre surgido de los burgos podridos, según Bocaccio, dispone de una hechicería más vasta y misteriosa que la que llevó a las brujas a la hoguera. Aunque Michelet afirmaba que las quemaban por guapas. Y acaso estuviera en lo cierto.

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