Un artículo malísimo

Entre la maravilla de escribir bien y el espanto de hacerlo de pena, brilla el justo medio de callarse

Lo peor de escribir artículos es escribirlos malos. Un artículo bueno, de ésos que a ustedes les gustan, no me cuesta nada, sale solo, de un tirón. Los malos, en cambio, ¡buenos son!: se atascan una tarde o más y para nada. Lo sé por la experiencia de lo segundo y -si me lo permiten la sinceridad- también de lo primero. Esta vez me he pasado la tarde escribiendo uno malísimo. Tanto que aquí estoy, ya de noche, haciendo este otro a toda prisa para evitarles aquél.

Paradoja sobre paradoja. 1ª) Cuanto peor es el artículo, más tienes que trabajarlo. 2ª) El artículo malo te lo leen los que te quieren bien, como poniéndoselo difícil. Si lo leyesen los que no me aprecian, tendría un sentido, y ellos no se sentirían tan mal, porque la propia mediocridad del artículo les reafirmaría en su juicio, y ese gusto sí se llevarían. A mí, que escribo para expandir la alegría, y me valdría. En cambio, se lo arreo a los que me tienen ley… y los entristezco o desconcierto. Ay.

"¿Tan malo no sería?", me preguntarán éstos, tan amables. Y es verdad que tan malo -lo releo otra vez a ver si se puede salvar- no es. No tiene faltas de ortografía y se puede leer de arriba abajo sin perderse por la sintaxis. ¿Entonces? No se puede salvar. No transmite ni una idea original ni una emoción nueva. Es todo correcto y la corrección sola no tiene perdón.

En él defiendo algo en lo que estamos todos de acuerdo. ¿Para qué, entonces? Cuatrocientas y pico palabras de obviedad. Lo obvio debe estar silente, implícito; o ser, como mínimo, breve. Qué desperdicio, y qué insulto para la inteligencia y los buenos sentimientos de mis lectores, que merecen más sutileza y más riesgo, aunque no lo compartan tanto como lo otro. Si el 100% lo comparte al 100%, ¿para qué levantarle una columna a la cuestión?

"Hombre", me diría el redactor jefe, "para cumplir el plazo de entrega de la pieza". Eso sí; y por eso estoy aquí corriendo con este parche. Los plazos -como los pactos- están para cumplirlos, pero si puede ser, además, sin torrar al respetable con un manojo de tópicos inanes, mejor. O menos mal.

Antonio Machado defendía que, entre la maravilla de escribir bien y el espanto de hacerlo de pena, brilla el justo medio de callarse. Pero eso no vale del todo para el columnista que tiene que publicar el jueves sin falta. ¿Valdrá al menos como mitad del justo medio mandar mi mensaje excusándose por no publicar el malísimo? Umm.

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