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el prisma

sebastián Sánchez

Las bragas de la señora Porras

Ser escudero del alcalde de Málaga ha pasado a convertirse en una labor de riesgo; nunca se sabe cuándo te acabará dejando con el culo al aire Eso si no eres Teresa Porras, que nunca es contestada

EN asuntos de ropa interior femenina ando tan corto como, seguramente, la gran mayoría de integrantes del género masculino. Pero sé bien lo que son unas bragas. ¡Bragas! La simple pronunciación de la palabra hace que más de uno se ruborice, porque, asumamos la realidad, suena rudo. Parece quedar lejos de la finura de la lencería fina y ello a pesar de que, según me he podido documentar, las hay de seda y otros tejidos nobles más allá del algodón.

Será quizás por la educación que recibí en la infancia, en la que toda alusión a este tipo de prendas era motivo de sonrojo. Quizás en esos años decisivos de la maduración del carácter hubiese sido oportuno tener cerca como referente cultural a una concejala de que se jacta justamente de decir las cosas por su nombre. Teresa Porras es de todo menos sensible a la utilización de los términos adecuados. Huye de las florituras. No las necesita para lo que tiene que decir. Ella lanza directos verbales, más que fintar y jugar con malabarismos dialécticos. No es su estilo. Y eso, guste o no, es de apreciar.

Y la Porras, como muchos, incluso en el equipo de gobierno del PP, la conocen, es de todo menos remilgada. Por eso cuando Marta Valvede, compañera de Málaga Hoy, la entrevistó días atrás sobre cómo la Feria ha acabado degenerando en un burdo y vomitivo botellón diurno que invade buena parte del casco histórico de la ciudad (recordar que está considerado BIC) sin reacción alguna desde la Casona del Parque, Porras lanzó una de esas frases suyas que será recordada por años: "Civismo, que el año pasado las niñas iban con las bragas en la mano para que se le secaran, ¿eso lo ves normal? O el tío que va a la feria descamisao, una cosa es que vayas cómodo y otra cosa que vayas hecho un puerco. Civismo, repito". La afirmación no tiene tacha alguna. Ni en los términos empleados ni el sentido de lo dicho. El matiz, que supone traspasar la a veces fina frontera entre la ironía y la gravedad, es que la misma concejala de Fiestas escurra el bulto de mala manera, como si nada de lo que ocurriera en esa otra Feria de agosto tuviese que ver con ella. Y sí tiene que ver.

Con ella y, por su puesto, con el resto del Ejecutivo local. Las palabras de Porras no hacen más que confirmar no sólo la inacción municipal ante un fenómeno que juega en contra de la fiesta de la ciudad, sino además la nula intención de hacer algo para ponerle freno. Una elusión de responsabilidad que empieza por no ver lo que es evidente. "Yo no reconozco que el botellón existe, yo reconozco que hay gente bebiendo en la calle", dijo en una conversación realizada con el cigarrillo en la mano y acompañando la charla de un poquito de jamón y regañás.

"Me consta que la Policía multa y decomisa pero cuando hay miles de personas concentradas es complicado que la Policía actúe", añadió. De lo cual se deduce que la acción de los agentes municipales, tan señalados en los últimos días por el asunto de las basuras y las ya no multas a los camareros, queda al albur del número de personas que se mee a las puertas de los bloques donde viven los vecinos y convierta en una pocilga ciertos puntos del casco histórico.

Las bragas a las que aludía Porras es el símbolo fiel de aquello en lo que se ha acabado por convertir la Feria del Centro. No se trata de señalar a todos por igual, pero sí de constatar la existencia de una cara que en el seno de la Casona del Parque se prefiere mantener oculta. Pero es además la metáfora del método que durante años ha preferido amparar el alcalde, Francisco de la Torre, en su equipo de gobierno. Mientras históricamente ha hecho oídos sordos a los continuos exabruptos de la Porras, mirando para otro lado cuando le llenaba el Pleno de plañideras o ante trucajes fotográficos con motivo de la berza carnavalera, opta sin disimulo por dejar en evidencia a concejales menos tendentes al populismo. La fiel demostración de ello es lo ocurrido esta semana con Raúl Jiménez y Mario Cortés. La credibilidad de ambos ante la opinión pública ha quedado dilapidada con la que seguramente será la penúltima marcha atrás del regidor.

Frente a la posición aparentemente férrea de los dos ediles ante la propuesta de que agentes de paisano de la Policía Local multe a los camameros que tiren la basura fuera de los contenedores, De la Torre reacciona ante las críticas recibidas corrigiendo a aquellos a los que delegó sus competencias. Donde se decía "multar a los camareros" que se diga "multar a los hosteleros", como si todo lo que se ha venido didicendo a lo largo de la semana no sirviese para nada.

"Desde el punto de vista administrativo un policía sólo puede multar al autor de los hechos", venía a comentar días atrás Cortés, a modo de justificación ante el nuevo proceder municipal. "Lo que parecen querer es que no se cumpla la ordenanza y que se tire la basura fuera de los contenedores", apostillaba Raúl Jiménez en respuesta a quienes criticaban la medida. La labor de escuderos fieles de los ediles se ha acabado convirtiendo en un ejercicio de riesgo. Siempre quedará la duda de si el superior acabará por mantener firme el pulso u optará, como empieza a ser habitual con De la Torre, por dejarlos con el culo al aire. Al alcalde, como demuestran los hechos, le gustan más las bragas de Teresa Porras. Eso y los cursillos para aprender a doblar las cajas de cartón.

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