Recuerdo que, cuando estudié en el colegio las capas de la tierra, me impresionó la inmensidad que se abría bajo el suelo que pisamos. Si el mundo en sí ya es gigante, me imaginaba cayendo por la corteza, el manto y el núcleo en un descenso sin fin. Igual sentía, pero con un vértigo ascendente, al descubrir la ionosfera, la estratosfera, la troposfera y demás partes de la atmósfera. En esa época me movía cierta curiosidad, que no vocación, por la geología, la biología y todo aquello que se dividía en pequeños mundos interiores. Por entonces, yo era un adolescente ingenuo, ignoraba la cantidad de capas que había también en las personas.

Y aquí estoy hoy, chorrocientos años después, pensando en todas las que podrían etiquetarse en el complejo mundo del ser humano. Como la Escudosfera, esa que nos colocamos creyendo que nos salvará de los viejos enemigos y que lo llega a conseguir, pero también genera lo que bien podría llamarse el Manto Barrera, y que nos priva de gente que se acerca a nosotros con intenciones terapéuticas o amorosas.

Hay capas que zurcimos nosotros mismos. Desde la timidez, desde el miedo, desde los traumas. Quizá todas ellas podrían ser diferentes estratos de la Heridosfera, esa que suele ser de las más pesadas de portar y a la vez más difíciles de localizar. De esas que obligan a tu terapeuta a montarse en una excavadora y a trabajar dentro de ti, horadando por el camino recuerdos e inseguridades, taladrando fantasmas a tu paso, aunque también reformando tu zona de seguridad a base de tirar antiguos cimientos inservibles.

Otras nos las van endosando otras personas. Por venganza, por despecho, por desconfianza. Y uno se siente como esos perritos cuyos dueños creen que están muertos de frío y les hacen ir con un pelaje extra que detestan y no se pueden quitar. Podríamos encasillarlas en las Capas de Gratuidad, y nos sientan en un pupitre para afrontar ese continuo examen de aprobar en nuestra propia conciencia o suspender ante el qué dirán.

Que levante la mano quien no ha sentido en su ser la Payasosfera, esa que tira de nosotros catárticamente para afrontar situaciones difíciles, para ser herramienta de asociación con grupos de personas o como manera de demandar cariño o atención. O la Durosfera, para caminar como un pavo real cuando en realidad eres un pollito mojado.

Podría hablar de tantas… pero no querría que sepultaran la más importante de todas y que, por si fuera poco, es la que más se nos ve: la piel. Y no sé si es la más importante o la que da sentido a todas. Pero es la que se estremece en un abrazo. La que da calidez al fundirse con otra en un abrazo deseado. La que electrifica al contacto de un encuentro sexual donde la desnudez nos priva de todas las capas para ser nosotros mismos, animal y estructuralmente. La que se arruga para recordarnos que el tiempo siempre lleva la fecha de caducidad, pero no siempre la vemos al dorso. La que se expande cuando nos sentimos orgullosos o satisfechos. La que revive al sentir los rayos del sol entrando en ella. La que se contrae con el frío atmosférico y el de las malas noticias.

Siempre he deseado tener la capa de invisibilidad de Harry Potter. Ahora lo que más ansío es que la gente sepa ver todas mis capas, las mejores y las peores, mi Malosfera. Ser visible por dentro y por fuera.

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