Este domingo van a dar el Premio de Literatura a Jon Fosse, un escritor noruego, que afirma en una entrevista, “prefiero vivir de la manera más aburrida posible. Sin ver a nadie, solo estando en casa con mi familia. En los últimos años, dedico las noches a escribir. Me levanto a las cuatro y escribo de cinco a nueve.” La literatura le sirve para escapar de su infelicidad y expresarse. Este escritor, en las antípodas de Hemingway, no necesita una vida aventurera para tener una voz literaria propia. Como ven, el aburrimiento puede ser fuente de creación, incluso un estilo de vida e inspiración de la gran literatura.

En el plano político, el aburrimiento también estuvo de moda en la Ciencia Política. Si recordamos a Fukuyama en su famoso artículo de 1989, el fin de la historia como tal era “el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia occidental como la forma final de gobierno humano”. Resultaba difícil pensar en encontrar un sistema político más eficiente que la democracia. Con el fin del comunismo y del fascismo entraríamos en una etapa de aburrido triunfo de la democracia liberal. Un sopor que tenía amenazas: las dos más importantes eran el nacionalismo y los fundamentalismos religiosos.

Pero estamos lejos de vivir ese aburrimiento. Vivimos más bien en democracias de alta tensión y sometidas, eso sí, a grandes desequilibrios económicos –donde la desigualdad, la pobreza- y sociales –la injusticia y el racismo- no se corrigen con facilidad y donde en efecto, el fenómeno de la identidad y los nacionalismos, así como los fundamentalismos religiosos son factores de inestabilidad. La radicalización ideológica se ha instalado en el discurso y en los partidos y las democracias viven una mayor polarización y una mayor dificultad para establecer consensos. En nuestras democracias surgen populismos y fallan los controles democráticos.

En el caso de España, es evidente que el tema identitario y los nacionalismos constituyen, sin duda, uno de los problemas de la actual gobernabilidad de España. Sin embargo, no hay que olvidar los desequilibrios económicos. Hay que destacar la pobreza infantil: España es el país de la Unión Europea con la tasa de pobreza infantil más alta, con un 27,8%, si se tiene en cuenta el dato más reciente de ingresos de 2021. En concreto, España se situaría en el puesto 36 de 39 países de la UE y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), colocándose solo por encima de Reino Unido, Turquía y Colombia, con una tasa del 28%.

A veces, ante lo que vivimos cada semana, me encantaría ser hegeliano como Fukuyama, y poder vivir en esas democracias aburridas, en la placidez de ese aburrimiento democrático del fin de la historia. No lo veré yo.

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