Elogio de la traición

23 de febrero 2026 - 03:11

Fue Bruto un traidor a César o a Roma? ¿Era legítimo traicionar a César para salvaguardar a Roma? Los conspiradores de marzo quisieron acabar con la tentación autoritaria y dictatorial de Julio César, pero su figura, sin duda imponente, ha obviado su deriva autocrática al frente de la República Romana. Si les inspiró la defensa de las Libertades o sólo el interés personal de hacerse con el poder, no podremos saberlo nunca. Fantasear escribiendo lo que pudo haber sido y no fue nos lleva a la melancolía de las hipótesis indemostrables. La historia es ubérrima en traiciones. Bonaparte acabó con la Revolución que le había encumbrado y se coronó como emperador Napoleón; el general Spínola, miró tras su monóculo, la situación de Portugal, pensó en el futuro del país y se puso al frente de la Revolución de los Claveles; y en España, el rey Juan Carlos y con él, el presidente Suárez, Fernández Miranda, Fraga, Areilza y un largo etcétera traicionaron el franquismo para traer la democracia, al igual que a la izquierda, el futuro presidente González o quienes hicieron la guerra, como Carrillo, la Pasionaria o Líster, traicionaron lo que habían defendido durante decenios. Todos, buscando un bien superior.

La traición es detestable si nace de las bajas pasiones o del interés personal. Por eso mismo, la traición de Judas es paradigmática como lo es su arrepentimiento extemporáneo y su trágico final. No hay grandeza en la traición venal o interesada, pero si la hay en aquella inspirada por principios morales, por respeto a los valores que han de ser primordiales. Como dijo Churchill tras cruzar el parlamento desde la bancada tory a la liberal: «Algunos hombres cambian de partido por el bien de sus principios; otros cambian de principios por el bien de sus partidos». Y es esto último lo que está reduciendo a cenizas al PSOE. La fidelidad perruna a un líder es antagónica a la lealtad a los principios ideológicos. La fidelidad nace de las entrañas y el interés personal, la lealtad del raciocinio y los valores. La mayor prueba de lealtad es abandonar a quien ya no cumple con el pacto tácito en el que se basaba la misma. La forma más sublimada de fidelidad es la de hundirse en el barco junto al capitán visionario que, tras embarrancarlo, insiste en no variar el rumbo.

Quizá un día, muchos se arrepientan de no haber entendido la grandeza de la traición y no haber abandonado al líder para preservar los principios.

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