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La chauna

José Torrente

torrente.j@gmail.com

El encaje

Es preferible encajar a golpistas y secesionistas presos para no hablar del menoscabo del Estado ante los envites separatistas

El verbo encajar viene a ser el protagonista de la estrategia política de algunos partidos españoles. Conjugando encajes, esas conveniencias que necesitan algunos para resolver sus complejos, son capaces de hablar siempre mucho, pero sin decir casi nunca nada.

La inconcreción del encaje que pregonan es un instrumento del interesado timing político más que un ideario programático. Es un recurso retórico parecido al recurrente diálogo; una salida del speech o canutazo que proponen voluntariosos cuando, por miedo electorero, no se tiene solución que ofrecer ni interesa concretar una propuesta. Pedro Sánchez es muy de "encajar" y "dialogar" pero con el ánimo persecutorio alto contra quienes le preguntan para qué, cómo, cuándo y por qué.

Hay que encajar a Cataluña en España, dicen, pero sin aclararnos cómo. Si realmente quieren referéndum, o prefieren a Miquel Iceta callado o sin decir la verdad. Repiten lo del encaje, como si cuarenta años después la Constitución del 78 no hubiera encajado nada. Será para cortejar con gula de poder a quienes desencadenaron lo que nos unió y nos trajo prosperidad hasta aquí. No dejan esa precavida forma de usar el lenguaje por si el 29-A les hiciera falta el encaje de filoterroristas e independentistas en su mayoría parlamentaria, y evitar tener que volver a cambiar el colchón del dormitorio principal de la Moncloa.

Encajar imposibles es una entelequia, pero el "encaje" progresista forma parte de esa recreación costumbrista de la esperanza, con la que políticos de la palabrería y lo insustancial nos reiteran su nadería intelectual a diario. No les conviene hablar de cesiones al nacionalismo porque electoralmente resulta más ventajoso ilusionar a ingenuos e incautos hablando de encajarlo. Es preferible encajar a golpistas, secesionistas presos y territorios concretos, para evitar hablar de indultos, ni del menoscabo del Estado ante los envites separatistas. Es ese engaño político, otro más de FalconSánchez, que crea problemas para resolver sus propios y muy personalistas conflictos, a pesar del agravio y el desequilibrio que provoca el emparejar las conductas de unos y otros.

Quizá para no frustrar ni descubrir realmente su secreta estrategia de encajes, Sánchez no acepta ir a debates televisados, ni a entrevistas con los medios libres, para no dejar evidencias de su inconcreción. Que los debates los carga el diablo si vas siendo el presidente. Cosas de Iván, que nos quiere encajar a Pedro como estadista.

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