Energúmenos

06 de marzo 2026 - 03:07

Hay reflexiones que parten de una experiencia personal: casi un subgénero confesional. Ocurrió en el término municipal de Mijas, en la bajada que enlaza con la rotonda hacia Marbella o Málaga, aunque podría suceder en cualquier sitio: energúmenos sobran en todas partes. La bajada es una pendiente que invita a correr, sobre todo a los más kamikazes, por no llamarles algo más técnico. La velocidad está limitada; incluso han colocado dos ridículos badenes de goma, útiles solo para exhibir pericia al esquivarlos, y un paso de cebra decorativo: se detienen si ya estás encima. Cruzar allí es un himno a la vida o a la muerte, según el ánimo.

Aquella mañana salía desde la urbanización Puebla Tranquila para incorporarme a la famosa bajada rumbo a Torremolinos. Juro que no venía nadie; pero apareció el kamikaze descendiendo a tal velocidad que verlo era un deporte extremo. Una aparición espectral rumbo al otro barrio; el artista del volante me esquivó con destreza olímpica. Yo ya me imaginaba con collarín o firmando el atestado, como mínimo. Me regaló una pitada mientras blandía el puño por la ventanilla, detalle fino. Casi atropellado y, además, amenazado: servicio completo. Le pité en un intento ingenuo de recordarle que se había pasado mil pueblos y que su coreografía sobraba. Error. En la rotonda frenó y se pegó a mi coche, como si añorara el choque evitado. Yo, indignado, furioso y, sí, asustado. Me preguntaba por qué debemos soportar a estos presuntos, y no tan presuntos, delincuentes que juegan con vidas ajenas. Protesté en su día por la señalización al anterior gobierno local. Ahora que la hay (más bien parece un adorno) tampoco basta porque sobran criminales y faltan cárceles.

Ruego a los cabildos municipales que prevengan estos “atropellos”, nunca mejor dicho, y protejan a los cívicos que respetan normas. Más cámaras, radares, badenes de verdad, respeto y educación vial y no vial. O endurecemos las normas o nos vamos elegantemente al carajo. Seguro que todos tenemos alguna experiencia amarga de este tipo y seguimos callados esperando que alguna vez se topen con la guardia civil de tráfico o la policía o cualquier ciudadano comprometido. Los móviles y las redes sociales deberían servir para frenar a estos energúmenos.

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