Diez euros y medio

El Café Central era un lugar abierto todo el día en una Málaga abierta para los malagueños

Recuerdo que, en una visita como turista a París acompañado de la familia, hace ya siete años, hicimos una pausa tomarnos un descanso y un café. Como por aquel entonces el crío no tenía edad de semejantes brebajes, le pedimos un vaso de leche. Veinte centímetros cúbicos que a él le supieron a nada y a nosotros a más de lo normal. A un aviso de seis euros y medio de lo que ocurriría en Málaga y que solo era cuestión de tiempo. Tiempo que siempre pasa hasta que un día llega.

Tiempo que llega y se queda, y recuerdas que hubo otro en el que podías cerrar la noche desayunando en el Café Central, en la plaza de la Constitución. La madrugada del viernes al sábado o la del sábado al domingo, los noctámbulos más duros cruzaban sus caminos con los más madrugadores en aquellas mesas de tablero de mármol. Unos recuperaban fuerzas para volver a casa mientras que otros las ganaban para abrir la ciudad. El Café Central era un lugar abierto todo el día en una Málaga abierta para los malagueños en la que cualquier foráneo se mezcló. Hoy, el local es una franquicia sueca que simula una taberna inglesa donde, si se encuentra a un aborigen local, es porque trabaja detrás de la barra. Un bar donde un desayuno “español” cuesta diez euros y medio. Igual que si lo pides “francés”. Nacionalidad que adquiere la comanda l sustituir la tostada de jamón, queso y tomate por una tortilla francesa con queso. No digo que el jamón, el queso manchego y el tomate no sean productos patrios donde los haya, pero su combinación en un desayuno, no es frecuente en estos lares. Como tampoco es muy malagueño poder ese precio por un desayuno.

Hace tiempo que tengo la percepción de que el centro de Málaga cada vez es menos de los malagueños. Los jóvenes de Teatinos salen por su barrio y dicen que “van de fiesta” si bajan a los bares del centro. Para los residentes de la zona Este, resulta más cómodo comer en la playa o ir a Echevarría. En el centro, los nativos más viejos se han refugiado en el Ensanche Heredia, como si de una reserva india se tratara, sin dejar de sufrir la presión expansionista del guiri invasor. Málaga vende su alma al diablo a cambio de un maná para propietarios de locales y franquicias del que gotea menos de lo que encarece la vida de sus hijos. La plaza de la Constitución sigue siendo de la constitución, aunque dentro de poco puede que deje de ser española.

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