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La excepción malagueña

Por fin una ciudad andaluza prefiere asumir unas apariencias cosmopolitas en lugar de pulir sus tradiciones

Desde el exterior, sobre todo en la prensa, se ha convertido en forma cómoda de iniciar un reportaje sobre Andalucía, mostrando sorpresa ante el reciente fenómeno del cambio visual y museístico registrado en la ciudad de Málaga. Una extrañeza que incluye una cierta incredulidad del tipo: ¡no me lo esperaba, cómo ha podido ocurrir! delatando así que, al que escribe, le parece más un milagro que un logro conseguido gracias al esfuerzo local. Comentario que casi siempre va acompañado de una sentencia fetiche: por fin una ciudad andaluza prefiere asumir unas apariencias cosmopolitas en lugar de pulir y sacarle cada vez más brillo a sus tradiciones. Hay que reconocer que estas apreciaciones, con su carga irónica, resultan algo merecidas. Aparte, de ser ya costumbre ineludible que, a las opiniones exteriores sobre Andalucía, las acompañen siempre los mismos prejuicios. De todos modos, el fenómeno malagueño merece también que, desde dentro de la región, se le preste más reflexión. Porque la teoría del milagro (o lo que viene a ser lo mismo: la voluntad de un hombre providencial) no es nada pedagógica a la hora de convertir la transformación de Málaga en un ejemplo iluminador para que, con distintos planteamientos, incida en el resto de Andalucía. Por eso, sería importante que estas novedades no parecieran florecidas, en un desierto, de forma espontánea y casual. Y para justificar este despegue convendría mostrar que no es tan repentino y que también hubo un pasado en la ciudad digno de recuperar. Como fue, por señalar un solo caso, su primordial función en el primer proceso de industrialización que se llevó a cabo en España hace ya tres siglos. Recuerdos que delatan una mentalidad emprendedora que podría articularse con el dinamismo presente, pregonando que si bien Málaga le ha sacado menos brillo a sus tradiciones que otras ciudades andaluzas, no por eso ha dejado de buscar otras opciones de vida. Lo cual plantea a su vez otra duda: quizás el no haberse dedicado tanto a pulir tradiciones, es lo que ha permitido tiempo y vitalidad para desvelar otros horizontes. Con todo, existe el peligro que, ante tanto resplandor de novedades, se oscurezcan piezas tradicionales que, aunque modestas, merecerían el privilegio de prevalecer destacadas entre tanto itinerario cosmopolita. Por ejemplo, los maravillosos Barros Malagueños que reciben buen cobijo en el Museo de Artes y Costumbres Populares. Pasearlos por Andalucía sería una buena embajada, ejemplar e itinerante, de la excepcionalidad malagueña

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