Un felpudo llamado UE

13 de marzo 2026 - 03:07

La Unión Europea nació para ser una potencia civil, un espacio de derecho, una alianza de naciones libres capaz de defender sus intereses sin pedir permiso a nadie. Y, sin embargo, demasiadas veces actúa como un felpudo geopolítico: elegante en la moqueta de Bruselas, impecable en el discurso, pero siempre colocado a la puerta para que otros entren, manden y decidan. Esa es la tragedia europea. No su falta de dinero, ni de población, ni de capacidad industrial. Su problema verdadero es la falta de carácter.

Ahí están los hechos. La propia Ursula von der Leyen ha admitido estos días que el viejo orden internacional ha desaparecido y que Europa ya no puede seguir comportándose como guardiana de un mundo que ya no existe. Pero, al mismo tiempo, dentro de la propia cúpula europea han aflorado las grietas: António Costa y Teresa Ribera han marcado distancia al recordar que la UE no puede abandonar el derecho internacional ni justificar alegremente actuaciones militares sin respaldo de la ONU. Es decir, ni siquiera en Bruselas se ponen de acuerdo sobre si Europa debe ser una unión política seria o una comparsa nerviosa detrás de Washington y de cualquier aliado de ocasión.

La escena reciente con España lo retrata bien. Donald Trump amenazó con represalias comerciales por la negativa española a facilitar bases militares para la ofensiva contra Irán, y Bruselas respondió recordando algo tan elemental como que la política comercial no se negocia país por país, sino desde la Unión. La reacción fue correcta, sí, pero también reveladora: Europa solo parece recordar su soberanía cuando alguien le pisa demasiado fuerte. Mientras tanto, acepta ser tratada como una pieza subordinada, como un actor económico gigantesco y políticamente encogido.

Y no se trata de ser antiestadounidense, ni de caer en el infantilismo de salón de cierta izquierda, siempre tan valiente cuando protesta en una cafetería y tan muda cuando manda la realidad. Se trata de algo más simple: una unión de casi 450 millones de personas no puede comportarse como un protectorado con buen diseño gráfico. Si Europa quiere respeto, tendrá que empezar por respetarse a sí misma. Si quiere hablar de autonomía estratégica, tendrá que demostrarla cuando el precio sea incómodo. Y si invoca principios, tendrá que aplicarlos también cuando molesten a sus socios favoritos. Porque un felpudo no decide quién entra en casa, solo amortigua el barro.

stats