Político en cien días

En el fondo sí lo es

La presidenta de Madrid es una caja de sorpresas en un país en el que ya no ganamos para sustos

Ya se lo dijo el general Patton a Wiston Churchil la tarde que tomaron un té en una terraza de Trafalgar Square horas antes de la invasión de Normandía: "Hitler no es un racista, mi querido primer ministro. Tan solo es la consecuencia de su desgraciada infancia en una familia desestructurada, y su posterior adición a los narcóticos y a las nuevas tecnologías de destrucción masiva". Ni Ayuso lo habría explicado mejor después de intentar descargar de responsabilidad a las dos niñas que hace unos días insultaron y escupieron a una pareja de sudamericanos en el metro. En su opinión, su comportamiento no era racista, sino un problema de drogas. Aunque estas no justifiquen ningún comportamiento y sean un agravante si lo que originan es un accidente de tráfico. Conozco muchas personas que cuando cogen un pedo aterrorizar al vecindario cantando a voz en grito "Asturias, patria querida", pero que cuando largan por la boca se cuidan de hacerlo en un alcorque de la acera o la tragona de una alcantarilla.

Madrid puede ser un ejemplo de integración, pero que lo sea (o que su presidenta lo proclame) no es óbice para que en la comunidad no puedan existir personas racistas. Empezando por ella misma, cuando identifica esos comportamientos con la falta de trabajo o las drogas (lo de las nuevas tecnologías lo tendrá que explicar porque he de confesar que no lo termino de coger). Puesta la oración en pasiva, los drogadictos y los parados son racistas, ergo, la gente de bien, con trabajo y limpios de drogas, sus socios de gobierno, no lo son.

Ayuso es una caja de sorpresas en un país en el que ya no ganamos para sustos. Pero tiene razón cuando proclama que solo con la mejora del sistema educativo podremos superar estos comportamientos. Una mejora que debe empezar por ayudar a toda esa chiquillería a hacerse mayores. A ser capaces de asumir las consecuencias de sus actos sin esperar a que su "mama" justifique sus meteduras de pata. Es una acción barata, aunque a la presidenta le cueste mucho, que solo requiere que no banalice ese lamentable incidente usándolo como hilo conector en su discurso para hablar de un plan contra las drogas que pospone hasta superar lo peor del Coronavirus. En muchos barrios de Madrid hay decenas de jóvenes en paro que se ponen hasta las trancas con relativa frecuencia. En contra lo que piensa la presidenta, no se dedican a insultar a los que no ven como iguales

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