Anotaciones al margen

A gusto del consumidor

No se suele reparar en que las que han crecido como la espuma han sido las verdades personalizadas

Supuestamente -aspecto que conviene recalcar-, a las personas nos gusta conocer la verdad. Al menos, eso se dice; si bien, no siempre eso es cierto, incluso en aquellos defensores a ultranza de esa posibilidad de conocimiento. A veces, existen en ellos parcelas en las que no quieren que se descorran las cortinas que ocultan lo que es la auténtica realidad; más que nada, porque tal estrategia permite vivir con esquemas que quizás hagan la vida más cómoda o, siquiera, más llevadera. Del resto de los mortales, para qué contar, muchos prefieren velos que impidan visiones que no les encajen convenientemente con sus deseos. De todas formas, lo que sí está claro es que todos tenemos derecho a la verdad, sea cual sea, si la requerimos y nos la pueden proporcionar. A partir de aquí, surge la dificultad frecuente de saber qué es y cuál es la verdad, mucho más cuando nos apartamos de datos objetivos, los cuales no están tampoco llenos de incertidumbres ante algunos planteamientos filosóficos y la propia física cuántica. Se afirma que vivimos en tiempos que se caracterizan por las noticias falseadas (fake news), gracias a la proliferación de medios para su difusión, lo que no se puede negar. Por suerte, muchas de dichas informaciones pueden ser rebatidas en algún momento. Sin embargo, en lo que no se suele reparar, y que es peor, es que las que han crecido como la espuma han sido las verdades personalizadas, esas construcciones individuales, a gusto del consumidor, que no se contrastan con rigor, colocadas en plataformas como Facebook o expandidas a través de Twitter, que reciben equis me gusta o se reenvían ene veces y que, al final, gracias a estas endebles aceptaciones, se convierten en verdades absolutas sobre las que no se pueden verter ni un ápice de crítica o de duda. Pues bien, en este contexto tan contemporáneo es donde, por desgracia, se está moviendo la política, especialmente en los países más desarrollados, alcanzando a todo aquello que molesta, impide la consecución de unas metas o, sencillamente, apetece destrozar porque es gratis, sin importar repercusiones o daños. Y en este circo, habría que añadir a los diseñadores que fabrican falsedades para que otros las asuman como propias. De no haberse dado este escenario, no habrían pasado muchas cosas o serían de otra forma, como las paridas de Trump, el Brexit de Farage, las melopeas económicas del italiano Di Maio o las mentiras del independentismo catalán. Pero así estamos y lo que te rondaré morena.

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