Los nuevos tiempos

César Requeséns

crequesens@gmail.com

El heroísmo de no cerrar

Conmovía ver los ojos acuosos de estas personas fuertes que tiraban la toalla ante la razón implacable del saldo contable

Ese gran periodista que es Jordi Évole tuvo el acierto de entrevistar a pequeños comerciantes, artistas y profesionales de lo más diverso vinculados por la presión de echar el cierre de sus negocios, vocaciones de vida o su prestación de servicios. Se le veía conmovido el domingo noche a este reportero de agudo olfato para captar el devenir de los tiempos. Tocado, afectado incluso con historias que como la de una tonadillera que no se rinde a dejar los escenarios o de un profesor de artes marciales que contaba por centenares su alumnado y que ahora no pasan de una triste decena. Desolación, rabia, tristeza infinita mostraban unas personas que han dejado sus vidas y sus sueños en empresas de barrio que cerrarán casi seguro después de un año de resistir más allá de lo razonable, dando prueba de que más allá de la necesidad económica que cubre todo trabajo hay mucho más puesto en él: un sentido de la vida, una historia que culminar, una promesa que cumplir.

Conmovía ver los ojos acuosos de estas personas fuertes, firmes que tiraban la toalla ante la razón implacable del saldo contable. Resistieron a reducir personal (eran negocios familiares, con un autónomo y todo lo más dos o tres trabajadores, de ahí la facilidad de que cualquier espectador de este país se pudiera sentir reflejado en ellos) y luego, una vez solos, confirmar que tras tres meses cerrados sin opción alguna y otros muchos más sin clientes casi, solo quedaba lo inevitable: cerrar.

Fue un acercamiento al tejido empresarial español real-real, ese que integra las pymes por toda España, muy lejos de cierta idea que se quiere difundir del capitalista fumador de puros amasando fortunas y evadiendo capitales. Quita, quita. Estos empresarios humildes contaban que a duras penas llegaban a sacar un sueldecillo para si mismos a cambio de vivir en el problema de llevar encima la empresa las veinticuatro horas del día, siete días a la semana. Daban trabajo, pero se acabó.

Alguno se planteaba resistir. Más por no entender la vida de otra manera, con la ruina encima, devorados ya los ahorros y la ayuda familiar (la familia, esa última red social). Al apagar la televisión se te quedaba un amargor compasivo y la pregunta por responder de por qué se demoniza a los que mantienen a flote a todo un país sin nadie detrás que les guarde las espaldas ante ese agujero que se abre ante sus pies.

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