Carta a los Reyes Magos: los regalos de verdad que necesita un niño
El huevo
El día anterior había sido agotador y necesitaban un día de asueto como el comer. Cuando una llega a las toallas extendidas, después de haber estado un rato chapoteando, saltando y riendo en el mar, se lanza sobre ellas y deja escapar un profundo y largo jadeo. Tampoco eran tan crías. Previamente, permanecieron unos minutos de pie observando el panorama y estrujando sus melenas como fregonas para que se secaran más rápido. Todo el mundo estaba pendiente de ellas. Eran la atracción del día. El entorno se encontraba abarrotado. Las toallas y los pareos se extendían sobre la arena formando una colosal sábana multicolor junto a las sombrillas arcoirizadas. Las más jovencitas se dirigieron al chiringuito a tomar unas cervezas. Sandra permaneció tumbada al sol, fuera de la sombra que proyectaba su parasol. Junto a ella, se hallaba su querida amiga Virginia. A poco menos de dos metros escuchó un sonoro ¡chis, chis! Ella seguía con la cara húmeda recibiendo los tórridos rayos del sol. Nuevamente escuchó el chis-chis, mucho más persistente y agudo. Levantó la cabeza y se halló con una señora tumbada igualmente que le señalaba sus partes pudendas.
–Oiga, señora, que se le ha escapado un huevo y lo tengo enfrente.
Sandra se percató de que, efectivamente, uno de sus testículos había quedado fuera de su contexto. La vergüenza que muchas trans desean castrar. Virginia se incorporó y hubo de taparse la boca con las dos manos para mermar el estallido de su carcajada. Las otras llegaron del chiringo y se percataron de la escena con el explícito mimo de Virginia. Lo sucedido era más que evidente gracias a sus muecas. Virginia reprimía su risa como una endemoniada. Las otras estallaron al unísono como un torrente impetuoso de risas histéricas. La gente no sabía exactamente lo ocurrido, pero acompañaron a las risotadas con más risas contagiosas. El entorno era una enorme risa galáctica. Si muchas de ellas no dispusieran un desarrollado y consumado sentido del humor, terminarían abrazadas a una desquiciante depresión. Cualquiera se hubiera levantado y se hubiera marchado bajo el peso de una tormentosa humillación. Pero Sandra solo supo acompañar al coro de risas con su sonrisa más amable y pizpireta.
–Joder, a cualquiera se le puede escapar un huevo.
Sandra Almodóvar tenía tanto sentido del humor y había soportado tanto que no se enfadaba jamás. Todo lo comprendía y aceptaba a todo el mundo tal y como era, incluso a su propio maltratador. Algún momento hilarante pudo vivir en su vida turbulenta.
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