Gafas de cerca

Tacho Rufino

jirufino@grupojoly.com

La insospechada gloria

Hoy es un gran día para el fútbol. Con la excepción de la alegría de ver a tu equipo natal saltar a la alfombra verde en tu estadio, una final de un Mundial es el más grandioso evento de ese juego, deporte, espectáculo y negocio -y origen de patologías sociales: la belleza junto a la bazofia- que es el deporte del balón con los pies en una hectárea de terreno. La gran competidora, Argentina, frente al músculo galo insufrible (sobre todo para el contrario). Un Messi que hoy libará el esplendor de ganar lo único que pueda a estas alturas de su carrera motivarlo... o bien la gloria poética de culminar su carrera con una gran derrota. Puede que entregando el testigo y las llaves del reino a Kylian Mbappé, ese portento de la Play Station que salva al batallón multicultural francés de la insuperable mediocridad.

Fue ayer, sin embargo, después de que esto se escribiera, cuando la verdadera lírica del perdedor se dirimió en ese secarral sobre ubérrima brea hecho artefacto de opulencia, Catar. Entre Croacia y Marruecos se produjo la magnífica épica que simboliza un duelo de guerreros que se enfrentan ya demediados, dispuestos a morir con honra ya sin un brazo o un pie. No recuerdo que ningún partido de los llamados "de consolación" me haya producido tanto interés. De hecho, muchos aficionados al deporte en general pensamos que el tercer y cuarto puesto son aún más tristes que el papel del perdedor en una final. Pero no es ése el caso. En el partido de los perdedores nos evitaremos, al menos, los numeritos impostados del equipo derrotado, puestas en escena con lucimiento teatrero de los muchachos ávidos de cámara. Lágrimas como escandinavas uvas de moscatel, pucheritos embarazosos y primeros planos de miradas al éter.

Croacia y Marruecos comparten poca apariencia y maneras, pero ambos juegan un papel similar: el del futuro, el del insospechado aspirante a haber dado el campanazo. El rol de renovación y la mano levantada del segundón, la reivindicación de quien estaba amortizado de antemano. El pelotazo de las apuestas. Particularmente, ha logrado cautivarnos nuestro vecino del sur, el del continente a tiro de pocos kilómetros, un amigo poco probable. Incluso estamos agradecidos a su equipo no sólo por haber eliminado a la escuadra española -eso sí que ha sido un alarde de segundones-, sino por su contenido orgullo, su clase técnica, su espectacular compromiso con un entrenador carismático a más no poder. Reconozcamos que el fútbol es la mejor metáfora de la vida, y quizá, en este caso, una forma de emancipación e insospechada gloria.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios