Carta a los Reyes Magos: los regalos de verdad que necesita un niño
El libre pensamiento
Es lógico que se pueda comulgar más o menos con una ideología, pero eso no le hace cautivo de ésta y debería de quedar claro
Una de las características principales de las carencias democráticas en los partidos es el castigo al libre pensamiento. Es lógico que cada uno pueda comulgar más o menos con una ideología, pero eso no le hace cautivo de ésta, y eso deberían tenerlo claro los dirigentes antes de expulsar a nadie por sus ideas. Pero la incultura política de las nuevas generaciones de dirigentes les confiere un halo dictatorial que cada día los aleja más de la ciudadanía. Y en situaciones complicadas, como las actuales negociaciones para la investidura, reflejan esa falta de empatía con los propios compañeros de viaje. Esperemos que, cuando finalice este desangrante proceso, el precio a pagar no haya sido excesivo y dé paso a otros políticos más dialogantes y comprensivos.
Cuando el propio Felipe González recordó que él no había expulsado al padre de Nicolas Redondo Terreros, a pesar de haberle hecho una huelga general, su mensaje era lapidario. El acercamiento a Otegui y Puigdemont mientras se reniega de los fundadores del PSOE moderno, es realmente paradógico. Siempre se dice que un político debe saber irse cuando el número de enemigos internos es superior al de amigos, pero a nadie se le ocurre acelerar tanto este proceso. El sillón de la Moncloa es un precio excesivo para debilitar tanto a uno de los grandes partidos españoles, y el cisma aparece en el horizonte. Al principio trataron de ridiculizar a Feijóo, después optaron por alabar a Junts y ahora pasan a la expulsión de los propios correligionarios. ¿Queda alguien a quién atacar o de quién defenderse que justifique esos sórdidos e inconfesables acuerdos?
Los encuentros entre Aznar, Leguina y Redondo, o las apariciones de González con Moreno Bonilla son puntos de encuentro imprescindibles en toda democracia. Es importante que los votantes sientan que aún queda esperanza para el entendimiento entre los dos grandes partidos y, sobre todo, que se sigue sabiendo distinguir entre quienes apoyan a los golpistas y quienes luchan en defensa de la Constitución.
Ya decía Paulo Coelho que: “El mejor guerrero es aquel que consigue transformar al enemigo en amigo”, y ese pensamiento es el que cabría esperar en nuestros gobernantes. Esperemos que, cuando todo esto acabe, el socialismo sepa lamer sus heridas, reformule su concepto de España, se aleje de maximalismos y vuelva a situarse en el centro-izquierda del que nunca debió alejarse.
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