Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Un mundo nuevo (y terrorífico)
Quienes frecuentamos librerías, nos detenemos ante los anaqueles de los centros comerciales o entramos en cualquier biblioteca pertenecemos a un mismo mundo –o submundo–: el de los lectores. Un ecosistema reducido, cada vez más arrinconado, que también presenta jerarquías, modas y vicios. No todos los lectores leen del mismo modo ni con la misma exigencia. Están quienes encadenan best sellers como si se tratara de una serie televisiva; otros, los que no han superado esa etapa inicial —una suerte de adolescencia literaria—. Algunos se refugian exclusivamente en los clásicos, convencidos de que ahí reside lo mejor. Otros se atrincheran en un solo género y lo confunden con la totalidad de la literatura. Y, por supuesto, quienes releen siempre los mismos libros, acaso por miedo a la decepción. Todo vale: lo importante es leer. Pero no conviene ignorar el contexto. Leer hoy implica disputar tiempo y atención al smartphone, a las plataformas digitales y a una oferta de ocio tan masiva como superficial. En ese combate, la literatura no siempre sale bien parada.
Como lector persistente, he intentado acercarme a la literatura desde múltiples ángulos. Aunque la novela ocupa un lugar central, procuro no limitarme a nombres consagrados ni a catálogos previsibles. Tras el entusiasmo inicial por los autores de prestigio, surge una evidencia incómoda: muchos narradores repiten una fórmula hasta el agotamiento. Como ocurre con ciertos cineastas, basta una o dos obras para conocer el resto. La industria editorial tampoco ayuda a ampliar el horizonte. De ahí que solo en determinadas librerías —cada vez menos— puedan encontrarse propuestas literarias que asuman algún riesgo. En ese terreno periférico se sitúa El juego de la vida, de Antonio Figueroa, un libro que no llega avalado por grandes campañas ni sellos omnipresentes. Conocido por su faceta pictórica y poética, el autor sorprende aquí por un texto dinámico, reflexivo y formalmente sólido. A través de la metáfora de un juego de la oca, recorre episodios de su propia vida con una habilidad narrativa poco común. Porque no basta con haber vivido: hay que saber contar. Y Figueroa lo hace, consciente de que la memoria selecciona, distorsiona y, en ese punto ambiguo, la realidad y la ficción se confunden. Lectores: abandonen el gueto literario, desconfíen de lo excesivamente previsible y busquen más allá de las editoriales de siempre. La literatura, cuando importa, suele estar en otro sitio no tan accesible.
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