Málaga Hoy En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

En una ciudad donde lo mismo puede interrumpir una cena al lado del mar un cantaor de coplas que ya no pide para las pilas del casete, que la sirena que porta una despedida de soltero, que un coche amenice la velada con música épica de película no sorprende a nadie. Lo extraño sería el silencio. Lo novedoso es el motivo del alboroto: la carrocería del ruidoso coche negro sirve de pizarra a un sinfín de pintadas que piden que el jeque Al-Thani venda sus acciones del C. F. Málaga.

Reconozco que nunca me ha interesado gran cosa el fútbol y que lo poco que me ha llamado la atención ha sido la capacidad que tienen los dueños de los clubs para convertir sus fiascos empresariales en fracasos sentimental nuestros. Más me interesa la ciudad y sus sitios. Cómo los reconocemos y cómo los empleamos para reconocer a algunos de nuestros vecinos. Y es al retortero de estas preocupaciones veraniegas, que el ruidoso vehículo me ha recordado que, hace cinco años, el escándalo se producía en una rotonda próxima a la Rosaleda a la que se le daba el nombre del jeque. Pocos fueron entonces los que dudaron de la oportunidad de un gesto que, cuatro años después, algunos de los mismos que lo impulsaron piden ahora revocar. Los méritos de entonces son deméritos hoy. La inversión de los primeros cuatro años, se ha echado en falta los segundos. El sueño de la Champions tornó en la pesadilla de la Segunda División, la Academia sigue siendo un espectro de hormigón sobre los terrenos que la ciudad cedió con gran esfuerzo económico, y el jeque se pelea en los tribunales por la propiedad del negocio. La precipitación en reconocerle los méritos a alguien es un problema si después se tiene que reconocer que no los tuvo. Y excusarse en que el cambio de nombre no es competencia del Pleno, sino de la Comisión de Calles, es salirse por la tangente, en este caso, de la rotonda.

La ciudad necesita de lugares. Sitios con personalidad propia en los que reconocerse y a los que nombrar por su propio nombre. En muchos casos, el de personajes en los que se refleja. Que a alguien se le ocurriera pintar con espray el nombre de este señor en la placa de la rotonda demuestra dos cosas: ni dejamos de ser unos salvajes, ni aprendemos que tenemos que ser un poco más prudentes a la hora de hacer genuflexiones. Pero, a lo hecho, pecho; el nombre de esta calle no está sujeto a la Ley de Memoria Histórica.

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