Notas al margen
David Fernández
Los europeos no sabemos ni qué decir
Las buenas maneras son una convención del todo civilizada. “Manners are morals” suena a cinismo británico de alcurnia, pero la cortesía, la consideración y hasta el atuendo son expresiones prácticas de la moralidad que subyace. Lo que una persona declara ante otros no entra en colisión con que, en privado, relate sobre un asunto espinado que sostenga con interlocutores de ocasión. No se trata, éste, de un alegato de hipocresía. No se trata de defender el universal social “vicios privados, públicas virtudes”. Se trata de no ser moralistas, y no señalar como falsedad el tratarse con mera cortesía o distancia. Es incómodo y agotador quien anda esgrimiendo su franqueza por bandera. En la transacción de intereses y relaciones, puede ser sano desahogarse íntimamente. Para todo lo demás, la comisaría o el garrotazo. No se trata tampoco de tragar con que un político o socio practique la estrategia de la mentira y la demagogia por norma. Se trata de entonar un (perdedor) encomio de lo privado. El cofre callado de la gente corriente es cada día más violentado por no se sabe quién (Hacienda aparte).
El móvil, esa maravilla, echa cal viva sobre la debida soledad. Es evidente que el teléfono y todos los dispositivos satelitales en red te escuchan y te ven. Que la Diosa Chivata trinca todo lo que escribas, mires en una pantalla o hables cerca de esos prodigios, que tienen una cara más oscura que la de Luna en la que te citaba Pink Floyd. La IA, valga decir, nos demuestra que un ser, su vida cotidiana y hasta su alma no son nada frente a una máquina cuyas conexiones están fuera del control de las criaturas. Incluso estando apagados. Habla uno de que han salido terrosillos los polvorones este año, y te anunciarán alfajores al encender el celular. Del tirón. Piensa uno que va a prescindir del cacharro, y asunto resuelto (algunos alardean de que tienen un móvil que no es smart, que sólo recibe llamadas; algunos habrá irreductibles). Pero la adicción acecha cual sanguijuela. Piensa uno, también, que la propia tele cala cada movimiento de los moradores de tu casa, mascota incluida, con la complicidad de la wifi y su cuñado el router. Que saben de ti casi como tu madre sabía, condescendiente, que eras como eras pero que tú no querías que se supiera que eras. Por protegerte. Qué intimidad y humana complicidad, aquéllas.
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