Pilar Vera

Lo sagrado

Cuerda Desatada

Antes y ahora, los visitantes del Mont-Saint-Michel han ido buscando lo mismo: el sentido de lo maravilloso

04 de agosto 2022 - 01:37

En el corazón del verano, hablemos de los temas que le son propios. De los destinos que forman una especie de derecho inalienable. Hablemos del Coliseo, de la Alhambra, del Mont-Saint-Michel, de todos aquellos lugares cuya grandeza vence incluso a nuestro afán fagocitador.

Para lo que nos ocupa, viene bien coger el último ejemplo, el de la fortaleza que se va dibujando a sí misma entre las brumas de Normandía: un efecto hipnótico, que mueve a pellizcarse, y que pienso es la clave no dicha de que el Mont-Saint-Michel haya mantenido su aura a lo largo de los siglos. Un Ávalon hecho por nosotros, que escapa de nosotros. A más colmo, está el espectáculo que proporcionan las mareas atlánticas, que dejan al monte aislado dos veces al día por una pared de agua.

Para poder visitarlo sin que la muerte por éxito nos arrolle, hay que llegar al amanecer: una doble victoria, porque el luscofusco le favorece. La construcción es, en sí, una abadía-fortaleza, pero pocas edificaciones proyectan una imagen más parecida a la de los castillos de los cuentos. En el interior, uno espera en cualquier momento entrar en un bucle eterno de escaleras, estar subiendo cuando está bajando, aparecer en un dibujo de Escher; o que los pisos y los tramos empiecen a reencajarse entre sí.

La abadía medieval se construyó por orden del arcángel San Miguel, y por eso lleva su nombre -yo también obedecería sin dudar a un ser sobrenatural portador de una espada flamígera- y, en ese periodo, se constituyó como un gran lugar de peregrinación, al que llegaban fieles de toda Europa. Algo que sigue siendo, sólo que los peregrinos no atienden misa y reciben un sello, sino que se calzan una audioguía y se hacen unos cuantos selfies.

Alrededor, se escuchan más lenguas de las que se es capaz de reconocer -como en los antiguas metas de peregrinaje- y el exterior huele al mediodía a salchichas y gofres -olores no extraños a nuestro antepasado medieval-.

Los visitantes que han acudido, entonces y ahora, al Mont-Saint-Michel lo han hecho buscando lo mismo: el sentido de lo maravilloso, ya fuera en forma de milagro, de rapto místico, o de pasmo ante el encantamiento de un lugar que parece flotar en la nada.

Para el club de los ateos jubilosos, entre los que me hallo, el Mont-Saint-Michel es uno de esos motivos (como el Coliseo, como la Alhambra, como los acantilados de Moher) de absoluta fascinación ante lo prodigioso del mundo.

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