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En el tejado

F.J. Cantador

fcantador@eldiadecordoba.com

Un señor de los que escasean

Hace unos días, con motivo de la emisión del doble documental de Conexión Vintage de Teledeporte dedicado a José Eulogio Gárate, revisioné una columna que con un envidiable arte literario le dedicó a quien fuera el 9 del Atlético de Madrid y de la Selección Española el periodista Rubén Uría. La tituló Gárate, el primer caballero. Comenzaba: "Érase una vez un futbolista, allá por los años setenta, que, de haber nacido en Inglaterra, habría sido nombrado Sir por Su Majestad la Reina. Aquel señor, amable, cortés, educado y discreto, disparaba las ilusiones del alma cuando vestía calzones cortos". Con estas dos frases se podría poner el epílogo a esos dos episodios de Conexión Vintage que demuestran que Gárate fue todo un señor en un mundo del fútbol, un mundo en el que cada vez quedan menos jugadores que representen los valores que jugadores como él representaban. En esos dos episodios en los que se rescata su vida deportiva se deja patente la humildad y la honestidad con las que se desenvolvía por los campos de toda España y del extranjero; él, toda una estrella de entonces -no como la mayoría de las de ahora, que corren y corren y vuelven a correr detrás del mejor postor económico-. Fue una estrella nacional que llegó a ganar tres Ligas con el Atleti -las de las temporadas 69-70, 72-73 y 76-77- y dos Copas del Rey con el mismo club -las de 1972 y 1976-. Además de una Copa Intercontinental (en 1974) y tres trofeos Pichichi -en las temporadas 68-69, 69-70 y 70-71-. Una estrella.

Como se puede contemplar en esas imágenes documentales, por muy espectaculares que fueran los goles que marcaba -anotó 109 goles en 241 encuentros-, nunca los celebraba, aunque esos goles supusieran ganar o acercarse a ganar algún título. Decía que no los celebraba por respeto a los rivales, un respeto que con el paso de los años se ha ido perdiendo. Y es que, Gárate, como defiende Rubén Uría, era entonces el yerno que toda madre quisiera tener y también era el futbolista al que muchos niños nos queríamos parecer, hasta el punto de que le hacíamos bordar a nuestras madres su 9 a la espalda de nuestras entonces camisetas de algodón del Atleti, e incluso imitábamos ese gesto tan suyo de aquí no ha pasado nada cuando teníamos la fortuna de marcar algún gol en aquellas eras campestres en las que los postes de las porterías eran piedras apiladas. Lástima que se le pudiese disfrutar tan poco al ingeniero del área -como le llamaban, ya que compaginó su carrera futbolística con los estudios de ingeniería-. Tras once temporadas en el Atleti, tuvo que dejar el fútbol en la 76-77. Cosas de la vida, a quien soportó estoicamente multitud de golpes, patadas, codazos y zancadillas, una extraña enfermedad producida por un hongo transmitido por los tacos de la bota de un contrario, le retiró. El fútbol sería mejor con señores como él.

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