Cajón de sastre

Este no era el siglo XXI

Las guerras siguen con nosotros, al igual que la estupidez, la locura y la ambición de poder

Recuerdo lejanamente un día en que, aburrido por las clases de Latín de algún curso de BUP, calculé que para el año 2001 yo tendría cuarenta años, edad que para un adolescente debía ser algo remotísimo y además perteneciente al muy lejano siglo XXI. Aquello del XXI, con un dos iniciando la fecha, estaba lleno de la esperanza o la promesa o quizás la seguridad de que todo iba a ser mejor. Estaríamos en la Luna con ciudades bajo tierra; comeríamos pastillas sintéticas con vitaminas y colores muy "chic", los automóviles volarían y las aceras serían rodantes. En definitiva que el siglo XXI iba a ser lo más de lo más. No usábamos lo de "guay", pero ustedes me entienden.

Nadie nos advirtió que con todos aquellos adelantos, progreso y desarrollo que nos iba a llevar a un mundo mejor, en realidad nos estábamos cargando el planeta y de forma silenciosa íbamos a cambiar el clima. Así que a la Luna, ahora parece que será Marte, no iremos por gusto sino porque aquí en la Tierra no se podrá estar. En todo caso, eso de viajar al espacio es una moto que nos sigue vendiendo el cine del imperio Hollywood.

Tampoco se nos dijo que íbamos a comer cualquier cosa en cualquier momento porque el comercio es global, aunque con ello si vemos que los estantes del supermercado no están muy llenos, nos da el canguelo y arrasamos con todo en las tiendas, empezando por lo del limpiador del canguelo.

Cuando en el pasado teníamos la esperanza del XXI, ni por asomo pensábamos que por bajar la temperatura un grado en la calefacción íbamos a salvar el planeta o quizás ganar una guerra. La calefacción era, si acaso, una estufa de butano, o estar con mucha ropa y pegaditos a la mesa camilla, con un brasero eléctrico de una sola resistencia. Ahora, cuando ya no hace frío ni en enero, queremos estar siempre fresquitos y el consumo se dispara de marzo a octubre. Ahora somos pobres energéticos.

Los coches no vuelan pero es verdad que el cielo está llenándose de unos cacharros voladores, los drones, que sirven para todo, principalmente para vigilarte e incluso para ganar guerras. Esas guerras que pensábamos eran cosa solo del siglo pasado pero que comprobamos siguen con nosotros, al igual que la estupidez, la locura y la ambición de poder. En eso parece no hemos cambiado y este siglo empieza a parecerse peligrosamente al pasado. Vale.

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