Confabulario
Manuel Gregorio González
Un viejo principio
Hace tiempo que las etiquetas más excéntricas dejaron de sorprendernos: no son dos bichos raros los que, desde una posición progresista de izquierdas, están pensando en cambiar su voto basculando hacia la extrema derecha. Son encuestas, sí, pero evidencian movimientos pendulares a nivel social que nos deberían preocupar, porque tienen que ver con cómo Vox está canalizando el voto de los descontentos, de los antisistema, de los que buscan más contundencia a la derecha del PP y de los que quieren expresar su cabreo con el PSOE “de Pedro Sánchez” (el matiz es importante), calculando muy bien dónde hacer más daño.
Ya no hay líneas rojas ni cordones sanitarios. Solo así podemos entender la tendencia de crecimiento del partido de Abascal: estamos en un momento en el que cualquier indignado, por motivos tan dispares que atraviesan todo el espectro ideológico, es capaz de sentirse cómodo apoyando a la extrema derecha, validar sin complejos las recetas populistas y mirar para otro lado cuando se cruzan líneas rojas de derechos humanos y hasta de decencia. En clave doméstica y a escala internacional.
En otoño empezamos a conocer sondeos donde se anticipaba un escenario electoral en España de mayoría para el bloque de derechas. Y lo visto en Extremadura, con Vox queriendo entrar en el Gobierno regional, no hará sino llevar al terreno del pragmatismo institucional y de poder lo que eran vientos y señales de cambio. Incluso Se Acabó la Fiesta, del agitador Alvise Pérez, sigue demostrando capacidad para traducir el ruido en escaños.
Paradójicamente, la economía funciona (aunque sea al nivel macro del PIB, la Bolsa o el empleo) sin que nadie piense que le deba nada a la gestión de Sánchez; muy al contrario, los malabarismos con sus socios levantan ampollas sin distinción –como hemos visto con la propuesta de financiación autonómica hecha a la medida para Cataluña– y crisis como la de la vivienda o la sanidad se enquistan con un efecto de bola de nieve cada vez más difícil de desactivar.
Focos de análisis puede haber muchos, pero hay una realidad persistente e incómoda: es el partido ultra quien mejor está capitalizando el desgaste socialista. Vox no crece solo por Vox: crece por la descomposición emocional del campo contrario. Porque hace mucho que la opción de Vox dejó de ser, para muchos, la caricatura del facha gritón y el joven provocador. Es un síntoma. Y cuando el síntoma se normaliza, la enfermedad empieza a gobernar.
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