El zoco

juan lópez cohard

El tiempo entre lecturas

Afortunados aquellos griegos que nunca tuvieron necesidad de poner los puntos sobre la "íes". Aquéllos que tenían asumido que el trabajo no les dignificaba, muy al contrario, tenían el convencimiento de que tal ordinariez les impedía aplicarse en otros más elevados menesteres como el de pensar; de ahí que lo más importante para un griego que se preciase era ociar, única forma de tener tiempo para pensar. ¡Y vaya si pensaron! Todavía estamos dilucidando problemas que ellos plantearon.

Mientras los griegos encomiaban la juventud y ponían el gobierno en manos de los jóvenes, los romanos confiaban más en la senectud, quizá por aquello de que la experiencia otorga la sabiduría, lo cual no es necesariamente cierto. La experiencia básicamente enseña cosas como que, en un cóctel, hay que coger las croquetas con la mano izquierda, ya que la derecha, de tanto darla al saludar, suele estar sucia.

No estoy muy convencido de que estuviesen en lo cierto griegos o romanos al respecto. La senectud, hoy día "la tercera edad", sin duda, da experiencia, pero no garantiza la sabiduría y, además, merma facultades, tanto y tantas como para perjudicar cualquier actividad por sosegada que ésta sea. Les Luthiers confesaban: "Aceptamos que el paso del tiempo nos ha modificado. En materia de sexo, por ejemplo, lo que antes nos parecía moralmente inaceptable, ahora nos resulta tristemente inalcanzable." Pero lo malo no es que el tiempo altere la citada condición orgánica, lo peor es que Cronos antes de devorar a sus hijos deja impotentes las potencias del alma. La memoria se va esfumando hasta que todos los conocidos pasan a llamarse "hola, niño, cómo estás", el entendimiento se vaporiza hasta que cualquier periódico parece chino y la voluntad pierde fuelle hasta que no alcanza más allá de sentarse a leer. Eso sí, acompañado de una buena copa. ¡Ah! "Iucundam iuventutem", ¡Ay! "Molestam senectutem". Algún sabio, más sénior que yo, me dijo un día que la vejez era muy fea y la política muy sucia. Al final creo que la filosofía de los griegos es la más acertada. Dedíquense los jóvenes a organizar el mundo que de ellos es el futuro, siendo que mi mundo hace tiempo que está donde estuvo un día el de Quevedo: "Retirado en la paz de estos desiertos, / con pocos, pero doctos libros juntos, / vivo en conversación con los difuntos, / y escucho con mis ojos a los muertos."

Quiero decir que leo y releo a los clásicos. Unos me hacen disfrutar y otros me divierten y entretienen, como Apuleyo con su Asno de oro cuya sombra se alargó hasta Bocaccio, o Luciano de Samosata con el Elogio de la mosca que, junto a Don Antonio Machado, debieron ser las únicas personas del mundo que las encontraron divertidas. Lo cierto, amigo mío, es que por placer o por imperativo vital nada hay como pasar el tiempo entre lecturas.

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