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Curiosidades, anécdotas y paradojas para la Historia del Cine: Kathryn Bigelow se convierte en la primera mujer que consigue el Oscar a la mejor dirección en el Día de la Mujer Trabajadora y con una película eminentemente masculina (el género bélico ambientado en el frente siempre lo fue) en la que casi no aparecen personajes femeninos. No resulta tan casual que haya sido Barbra Streisand, que estuvo cerca de la gloria con Yentl y El príncipe de las mareas, la encargada de entregarle la estatuilla. A Hollywood siempre le han gustado estas escenificaciones cargadas de simbolismo que garanticen el espejismo del cambio y la renovación para seguir consolidando su estatus.

El de Bigelow es, por otro lado, un Oscar políticamente correcto para una película ideológicamente incorrecta. Lejos de los mensajes antimilitaristas, patrióticos o biempensantes de cierto cine bélico de corte liberal, el de En tierra hostil es un discurso rotundo y seco sobre la adicción a la guerra y la adrenalina que genera el peligro de la contienda. Frente a los que acusan al film de falsedad o de falta de compromiso, la cinta de Bigelow afirma las sensaciones por encima de los mensajes, la fisicidad y la rutina del trabajo de los artificieros sobre la geopolítica o la típica camaradería de trinchera propia del género. Es precisamente por eso, y también por su electrizante puesta en escena, por lo que nos gusta En tierra hostil, cuyo éxito a contracorriente y en diferido (la película arrancó su carrera en 2008) no ensombrece ni pone en riesgo la inminente conversión a la tridimensionalidad digital del gran cine de espectáculo que propone Avatar con su arrollador triunfo en la taquilla.

La condición femenina de la Bigelow resulta además bastante incómoda para quien quiera enarbolar a su costa un reivindicativo discurso feminista en el seno de la institución cinematográfica. Ninguna de sus películas se ha jactado nunca de exhibir una sensibilidad o una mirada femenina, en el caso de que tal cosa existiera realmente más allá de ciertos clichés nacidos del entorno indie, de Jane Campion a Sophia Coppola. Más bien al contrario, a la Bigelow le han gustado siempre las historias de hombres duros y varoniles, los géneros industriales o menores, la ausencia de ese sentimentalismo que tan frecuentemente se ha asociado al gusto de las espectadoras. Lo hemos visto en Acero azul (1990), cinta protagonizada por una fornida Jaime Lee Curtis que afirmaba un modelo femenino inspirado en los expeditivos héroes de acción de los ochenta, en Le llaman Bodhi (1991), apoteosis del músculo surfero, en K-19 (2002), su primera incursión en el género bélico, o en Días extraños (1995), parábola futurista sobre los peligros, también adictivos, de la virtualidad.

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