Mitologías Ciudadanas

fABIO rIVAS

La voz del destino

Me ocurrió de repente. Así como así… La verdad es que antes nunca había reparado en ella. No voy mucho al casino, solo de tarde en tarde, cuando -por decirlo de alguna manera- pienso que me merezco un premio, alguna clase de recompensa. Y allí estaba yo ese día, dubitativo como siempre, apostado frente a la ruleta. "Soy la voz de tu destino" -me dijo una voz desconocida, como si alguien extraño me hablara desde dentro-. Me quedé perplejo. "Confía en mí -añadió a continuación la voz-, apuesta al rojo". Casi petrificado, me atreví a preguntarle si estaba segura de lo que decía. Y más aún, ¿por qué me lo decía a mí? "Ya te lo he dicho -insistió-, porque soy la voz de tu destino y a ti te hablo. No eres una excepción. Todo el mundo la tiene y cada uno oye la suya propia. Así que ¡ánimo y apuesta al rojo!". Que aquello de la voz fuera algo común y corriente, casi democrático -una especie de igualdad de oportunidades-, me animó. No sé… como si de esa manera se disolviera un poco mi responsabilidad en tan extraño asunto. Aposté diez euros al rojo. Oí al croupier que decía: "no va más". Cerré los ojos y, a continuación, como si musitara una oración, la voz del croupier anunció: "Veinticinco, impar y rojo". "Hemos ganado, ¡qué alegría!" -le comenté a la voz. "Claro -me respondió ella-. Ahora juega todo lo que tienes al negro". Volví a hacerle caso y otra vez gané. "Apuesta todo al siete" -añadió la voz a continuación-. "A mandar -le respondí con campechanía-. "Siete, impar y rojo" -susurró el croupier-. ¡Madre de Dios, otra vez la suerte me había sonreído! Aquella voz era profética. "Apuesta todo lo que tienes al uno" -prosiguió la voz, sin dejarme apenas respirar-. Como estábamos en el mes de octubre y soy del Barça, exclamé para mis adentros: "¡Ostias, el uno de octubre, cuando los catalanes votaron el referéndum de independencia!", y al instante, con la esperanza reforzada (por los triunfos del Barça y el referéndum), siguiendo el consejo de mi voz, aposté todo lo que tenía al uno. Cerré los ojos como siempre. Recuerdo ahora perfectamente la voz del croupier, su tono despegado, casi huraño: "Dieciocho, rojo y par" -anunció-. No me lo podía creer. De un ruletazo me había quedado en la ruina. "Lo siento, hemos perdido" -me dijo la hija de puta de mi voz, con ese tonillo que usamos cuando hablamos con un extraño del buen o mal tiempo que hace-. Fue la última vez que hablé con ella. Por la razón que sea, desde entonces no ha vuelto a mis oídos.

En fin, como ustedes saben, estas cosas ocurren, y ante ellas, uno puede echarle la culpa a la maldita voz de los demonios o cargar como un Sísifo estoico con la responsabilidad de su mala suerte… No sé. Allá cada uno. Por lo pronto, el señor Trapero, major de los Mossos d´Esquadra, ha apostasiado y, a la par, le ha imputado a la voz la culpa de su desgracia. Bueno, quién esté libre de culpa que tire la primera piedra. Comprendámoslo. Somos humanos (es decir, frágiles y contradictorios), tenemos familia y, además, todos somos tentados por nuestras propias voces. "La culpa fue del cha-cha-chá" -dicen que, en tono conciliador, ha declarado el major Trapero.

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