De vuelta al lupanar

Nos hemos acostumbrado a que muchos gobernantes sacien sus necesidades en sórdidos ambientes

Nuevamente tenemos noticias en España de un caso de corrupción política que se cocina entre céntricos despachos oficiales y lujosos prostíbulos confidenciales. La historia se repite, sin que el partido gobernante pareciera conocer nuevamente nada de lo ocurrido, pero ante tanta reiteración los ciudadanos empiezan a sospechar que el descontrol contagia a las instituciones. Y eso debe ser frenado inmediatamente.

En enero de 1991 se produjo la dimisión del entonces vicepresidente de Gobierno, Alfonso Guerra, debido a los tejemanejes de su hermano desde un despacho oficial en la Junta de Andalucía. Con ello se inaugurarían curiosos episodios en nuestro país del uso torticero de las instalaciones públicas con fines lucrativos. Ahora la llegada de leyes que facilitan todo esto ha sorprendido a propios y extraños. Los examinadores europeos, cuando han conocido los intríngulis de la modificación del delito de malversación, han sembrado serias dudas sobre los destinos finales del dinero público, y un país como España no está en condiciones de generar el más mínimo recelo.

Pero también en abril de 1994 aparecía en la revista Interviú el entonces director general de la Guardia Civil, Luis Roldan, inmerso en una bacanal y en paños menores. Al gobierno de entonces se les caían nuevamente los palos del sombrajo. Su posterior fuga con el dinero de los huérfanos de la institución, hasta ser encontrado en Laos gracias al capitán Khan, fue un triste episodio entre la pantomima y el desconsuelo. Es curioso que ahora también en el caso del llamado Tito Berni aparezcan exsocialistas y exguardias civiles envueltos en pagos de corruptelas y lupanares, cuando minutos antes decían defender la transparencia, la igualdad y el feminismo.

Lo más curioso de todo esto es que, después de casos tan escandalosos como los EREs, con sus desvíos de dinero público para comprar cocaína o pagar prostitutas, siga sin ponerse coto a estos desmanes. Parece que en España nos hayamos acostumbrado con los años a que muchos gobernantes, particularmente hombres, tengan que saciar algunas de sus necesidades en los más sórdidos ambientes. Para la gran mayoría de la clase política estas viejas costumbres no deberían tener cabida en la actualidad, pero el ensordecedor silencio del ministerio de igualdad ante estos comportamientos es paradójico, ¿acaso son sólo repugnantes cuando los comete la oposición?

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