Tribuna

Alfonso lazo

Campo de exploración

Esos viejos, la generación que en España conforman los niños de la guerra y la posguerra, una generación que se extingue poco a poco, tienen aún cosas que aportar

Campo de exploración

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No soy en principio adversario de las leyes que autorizan y regulan la eutanasia, porque pienso que los preceptos legales de origen religioso no deben imponerse sobre los que no creen en esa religión. Pero sí me preocupa, y mucho, que esas leyes puedan ser el fruto maligno de la sociedad del descarte que se extiende por Europa. El descarte de las cosas que ya no sirven, el descarte de los viejos que cobran pensión y no trabajan.

Mas ocurre que esos viejos, la generación que en España conforman los niños de la guerra y la posguerra, una generación que se extingue poco a poco, tienen aún cosas que aportar y que contar. Son aquellos niños que hoy por su edad caminan del brazo de la amiga muerte, ya no tienen miedo a nada y pueden hablar de lo que los demás ocultan. Son libres, sinceros y están capacitados para adentrarse en campos de exploración vetados a otros. No es indiferente el fenómeno antropológico bien conocido de la normal amistad entre los niños y los viejos. Por razones en las que no voy a entrar, en la España del siglo XXI los jóvenes suelen mostrar más atención a la historia de sus abuelos que a la de sus propios padres. Abuelos de hoy que mantienen su presencia intelectual entre los menores, digamos, de cuarenta años, presencia de viva voz, o si murieron, presencia de una obra sobresaliente. Generación de los niños de la guerra y la posguerra con altos referentes en la vida cultural y metapolítica, figuras (en el sentido que da Jünger a la palabra “Figura” en su libro El trabajador) procedentes de idearios muy distintos pero todos con un eje común; figuras como Alfonso Guerra, Fernando Savater, Aquilino Duque, Emilio Lledó, Albiac, Ramón Vargas-Machuca, Ramón Tamames, Gustavo Bueno, Caballero Bonal, Vaz de Soto, Miguel d’Ors, Luis Mateo Díez... Ellos y muchos más, la lista es larga, no son desde luego figuras descartables del pensamiento y la memoria. Todos, sí, de ideas y orígenes diversos pero con vocación pedagógica y una línea común: el rechazo no disimulado de la corrección política, de la ideología de género, del parloteo oficial obligatorio, del relativismo del pensamiento débil. Un rechazo radical de la cultura (cultura en su acepción más amplia) que se ha apoderado de España desde el año 2004 a nuestros días. Y es justamente esa actitud radical de rechazo lo que puede permitir la alianza entre los séniors, a los que se busca descartar, y los más jóvenes.

La juventud de hoy no lee libros, ni periódicos, no ve la televisión y desprecia la política y a los políticos que identifica con la mentira. No es tan malo como parece; al fin y al cabo también los cargados de años sienten el mismo desprecio hacia nuestros señores del poder político, del poder mediático y del poder económico. En todo caso, siempre ocurre que en las distintas cohortes de edad existe una minoría virtuosa que, en lo que se refiere a la juventud española del siglo XXI, sigue leyendo literatura, historia, ensayo, se informa por otros medios distintos a la TV, estudia con éxito y es seria en el trabajo. Jóvenes que serán la élite y la aristocracia (dos conceptos nefandos para el pensamiento único) del futuro, aunque sigan manteniendo su desprecio libertario hacia lo que consideran que no tiene solución. Cuenta Simón Leys en uno de sus maravillosos libros que Henry Newman, en su ensayo sobre la Universidad sostiene que existen dos modelos de universidades; en el primero, la Universidad tradicional, hay profesores que dan clases y alumnos que asisten a ellas, toman apuntes y se examinan. En el segundo modelo, el que Newman prefiere, no habría ni profesores, ni alumnos, ni clases, ni exámenes, sino “una multitud de jóvenes agudos, francos, comprensivos y observadores que se reúnen y aprenden unos de otros y asimilan así nuevas ideas”. Por supuesto que se trata de una imagen utópica, pero señala a los ancianos de la tribu el terreno que deben explorar, es decir, civilizar, y esa es su tarea vital: aportar las ideas que solo ellos pueden aportar con sus reflexiones y recuerdos.

Únicamente ellos, pues el resto de las cohortes sociales, la mayoría, ha sido contaminado en los últimos veinte años por una ignara manera de pensar y de expresarse. Una hermosa tarea de los séniors que, como trabajo intelectual de liberación, debe comenzar con un cambio de lenguaje cuyo primer paso puede ser la recuperación por la intelegentsia de términos prohibidos: España, moral, auctoritas, élite, honra, dignidad... Dios.

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