Tribuna

Federico Soriguer

Médico. Miembro de la Academia Malagueña de Ciencias

Imposturas intelectuales

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Imposturas intelectuales / rOSELL

El lector avisado habrá detectado que el título de esta tribuna es el mismo que el de un texto de Alan Sokal en el que contaba una de las bromas más celebres de la historia de la ciencia moderna. En el año 1996 Sokal envió a la revista Social Text, un artículo titulado: Transgresión de las fronteras: hacia una hermenéutica transformadora de la gravedad cuántica. La revista lo aceptó y lo publicó en 1996 en uno de sus números especiales. En el artículo "negaba, apoyándose en la física contemporánea, la existencia de una realidad independiente, de un conocimiento que lejos de ser objetivo es un reflejo de la ideología dominante. Afirmaba, entre otras cosas que el psicoanálisis lacaniano había sido confirmado por la teoría cuántica, hablaba de la historicidad del número pi y de la constante de gravitación G y defendía la necesidad de unas nuevas matemáticas que fueran verdaderamente emancipatorias". El escándalo se desató cuando poco después, Sokal reveló la broma, enviando una carta a los editores de Social Text explicando que su artículo había sido una parodia de los trabajos realizados habitualmente por autores posmodernos y que cualquier estudiante de física o de matemáticas habría podido darse cuenta de los absurdos que contenía. Aunque esta broma se produjo en los años noventa tiene plena actualidad en un momento en el que, en España, por ejemplo, ciertas corrientes ideológicas por medio de su brazo político, han conseguido que la desaparición del sexo (hombres/mujeres) como realidad biológica conste hoy, para estupor de muchos, en el BOE. Pero no es de esto de lo que quería hablar en este artículo sino del escándalo desatado por la presencia de unos científicos españoles que publican sus trabajos como si hubiesen sido producidos en la Universidad Rey Saúd, en Riad (Arabia Saudí), entre otras universidades, cuyo prestigio consiguen comprando los currículos de investigadores extranjeros. No es algo nuevo ni desconocido. Lo que ha ocurrido ahora es que la situación se ha desmadrado. ¡Es un escándalo! gritamos todos, recordando al cínico comentario del Capitán Renault en Casablanca. Porque en el fondo de todo esto late un modelo estajanovista de producción científica cuyos excesos también son conocidos y denunciados de antiguo. Porque, ¿cómo justificar que uno de los autores sancionados, un reputado científico de una universidad andaluza, publicara un artículo científico cada 37 horas sin que los organismos de evaluación advirtieran "que hay cosas que no pueden ser y que además son imposibles" y que en una entrevista en un periódico de difusión nacional justificara, sin pudor alguno, su manera de hacer ciencia porque gracias a él "la universidad andaluza, estaba en no sé qué puesto del famoso Ranking de Shanghái". El actual modelo de gestionar la ciencia está tocando fondo. O eso parece. La ciencia como sistema es una de las grandes conquistas de la humanidad, pero, además, en el momento actual es un gigantesco emporio económico (solo USA invierte más de 470 millardos de dólares -un millardo es igual a mil millones), en el que trabajan cientos de miles de investigadores. Un dinero cuyo rendimiento es evaluado mediante procedimientos altamente competitivos. Estos sistemas de evaluación han avanzado de manera notable con la digitalización de la documentación, permitiendo mediante el desarrollo de índices, más o menos estandarizados, una evaluación cuantitativa. El sueño de cualquier evaluador. Junto a la revisión por pares, el Factor de Impacto (IF) de las publicaciones y los ranking de las instituciones, como el de Shanghái, son dos de los más conocidos pero no los únicos. El intento de cuantificar la producción de los científicos fue una buena iniciativa pues permitió que fuese la meritocracia y no las "influencias" la que rigiese la adjudicación de los recursos. Pero han pasado los años y ha surgido una nueva profesión, la de los calidólogos, algunos de los cuales parecen haber olvidado el significado de la palabra calidad y creído que podían cuantificarla, llevando al sistema a una "cuantofrenia" que está detrás de esta "impactolatria" publicista de los investigadores y de la obsesión por los ranking de las instituciones, de manera que hay investigadores e instituciones que son capaces de "matar" (entiéndase la ironía: a la manera de la famosa influencer española, por su hija), en este caso por un buen IF o un lugar destacado en los ranking. O corromperse. Hoy la comunidad científica está dividida entre los cuantitativistas que creen que fuera de los índices no hay salvación y los negacionistas (de la evaluación cuantitativa) que denuncian la cuantofrenia dominante en el mundo de la evaluación del conocimiento y que reclaman alternativas como las del movimiento Open Science (Ciencia Abierta), reunidos en torno a manifiestos como el de la Declaración de San Francisco sobre la Evaluación de la Investigación (DORA), que apuestan por devolver a la ciencia, a través de nuevos criterios de gestión y de evaluación, parte de la frescura que esta ciencia de mercaderes ha perdido. Una (¿nueva?) ciencia del siglo XXI que tiene que recuperar ciertos valores normativos como los que ya Merton enunciara hacia la mitad del siglo XX y ciertos valores sociales y políticos que le permitan "hacerse cargo de la realidad". Algo que no será posible si no se llega a un armisticio entre cuantofrénicos y apocalípticos.

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