Rafael Rodríguez Prieto

Izquierda 'fake'

La tribuna

Los tiempos de las 'fake' son los de la falsa izquierda. Cuando ésta es definida por presentadores millonarios o tertulianos de confianza de un duopolio televisivo, algo va mal

Izquierda 'fake'
Izquierda 'fake' / Rosell

24 de enero 2019 - 01:39

España es un país curioso. Es el lugar en el que un torturado y enterrado en vida es un facha y un racista un progresista. El día en que un partido de izquierdas reconozca el valor de José Antonio Ortega Lara, más allá de su adscripción partidaria, habremos avanzado mucho. Tendremos izquierda. Y no sólo Ortega Lara. Contamos con el heroísmo de muchos concejales y servidores públicos que arriesgaron su vida contra el terror y, en demasiados casos, la perdieron. España es una sociedad de memoria frágil y selectiva. Las víctimas jamás se tomaron la justicia por su mano. Sólo pidieron dignidad y justicia, pero fueron retribuidas con el olvido.

Los tiempos de las noticias falsas son los de la falsa izquierda. Cuando la izquierda es definida por presentadores millonarios o tertulianos de confianza de un duopolio televisivo, algo va mal. Vivimos tiempos de consigna salvífica u homeopatía léxica. El mundo se arregla con un tuit. ¿Quién quiere entender los procesos y analizar la historia cuando un político te promete la vida eterna sin esfuerzo? Diálogo, independencia, cambio… El separatismo en Cataluña y el Brexit encarnan esta pereza social. Cuando desde la escuela se desprecia el esfuerzo, las sociedades se resienten.

La descomposición de Podemos, anunciada en estas páginas (¿Cuándo se fastidió Podemos? 18/12/2015), ya hiede. El pasado domingo, acompañó a Otegi en una manifestación a favor de los terroristas presos. El jueves se rompía en Madrid. Su proyecto para España ha sido falsado por su desguace organizativo. Si España se pareciera a Podemos, muchos habríamos hecho las maletas. Dieron la espalda a la clase social, a la lucha por los derechos de las personas que son oprimidas y explotadas, y se echaron en brazos de un esencialismo identitario cuyo nervio es la defensa de la desigualdad y los privilegios. Cambiaron a los trabajadores por los rentistas que, previo pago de subvención, protegen a los políticos que desprecian al disidente y proyectan su racismo sobre el conjunto de su acción política. El patético asalto a los cielos se quedó en un asalto al camión de pollos. Estas causas inofensivas animan las veladas en el club de campo o en la finca de Galapagar. Pero la realidad es otra cosa.

En el mundo real el sueldo de los trabajadores subió un 0,8% en 2017, pero la nómina de los consejos aumentó un 21,3%. Las desigualdades se incrementan, sin importar el territorio. Sin embargo, en España se reivindica la inversión en la taifa, en vez de en las personas que necesitan una carretera, asistencia social o mejora de su hospital. Llamarse Cataluña, Andalucía o Castilla-León debería ser secundario, cuando lo importante es el ciudadano que requiere un servicio público. El bien común es lo contrario de la dádiva neofeudal. Cuando un partido se avergüenza del país que hace posible el Estado del bienestar y de la Constitución que nos define como Estado social, se incapacita para gobernar.

Mientras tanto, el suicidado PSOE dedica lo que le queda de existencia a imitar a Podemos. En Navidad no tuvieron una mejor ocurrencia que irse a cocinar con Otegi. El Gobierno de Sánchez no para de hacer concesiones a los separatistas. Algunos dirán que son meramente simbólicas; el problema es que los símbolos y las formas en política son casi todo. Adoptan el lenguaje nacionalista sin mayor inconveniente. Hablan de conflicto catalán, cuando se trata de un problema nacionalista, o ignoran a la mayoría de catalanes para "hacer gestos "al separatismo. Cuando un Estado es incapaz de controlar que el dinero de todos se invierta en dignificar las colapsadas salas de espera de los hospitales barceloneses, en vez de en embajadas para colocar a las hijas de los presos golpistas, tenemos un problema.

El PSOE prefiere subirse al carro del populismo antes que tomarse la molestia de ser un partido de izquierdas. Están muy ocupados desenterrando al dictador. Las políticas de recorte social perpetradas por los presuntos socialistas se confirmaron cuando votaron con el PP la reforma del artículo 135 de la Constitución, que prioriza el pago de la deuda sobre los servicios públicos. Aquel día renunciaron al Estado social. Jamás han pretendido rectificar.

España es un país peculiar. Probablemente haya más gente que cree que el Fary continúa vivo que esté de acuerdo con el programa económico de Vox. Las ideas neoliberales que solo osa balbucear la derecha a la que estamos acostumbrados son pronunciadas con claridad por el partido liberal conservador. Los nacionalistas pueden lograr, de forma indirecta, lo que parecía imposible en un país cuya población mayoritariamente defiende el Estado social: que por el hartazgo de la ciudadanía con el separatismo, y la complicidad de la falsa izquierda, se termine por llevar al poder a una coalición que liquide nuestros servicios públicos.

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