Tribuna

Francisco núñez roldán

Escritor

Reparar el mundo

Voltaire concluyó: es pretencioso buscar explicaciones para el mal del mundo y por eso la metáfora final del 'Cándido' señala una solución: lo más razonable es cultivar nuestro huerto

Reparar el mundo Reparar el mundo

Reparar el mundo / rosell

Crímenes, guerra, corrupción, inseguridad. Esa es la información que los medios ofrecen cada día. Algunos no tardarán en vocear que "otro mundo es posible". No es nada original. Leibniz y Wolff sostenían que este era el mejor de los mundos posibles. Sin embargo, tras el terremoto de Lisboa de 1755, Voltaire solo observaba en el mundo y en el hombre desorden, dolor y miseria; y se preguntaba si esa suerte era la única salida posible del Paraíso. Tras ironizar y satirizar en el Cándido el optimismo de aquellos filósofos alemanes, su oferta era realista: hay que luchar para que este mundo, al menos, no sea el peor de los mundos posibles. Excluyendo a Dios de responsabilidad Voltaire se pregunta ¿qué podemos hacer en un mundo inexplicable lleno de intolerancia, crueldad, ambición y vanidad?, ¿qué hacer cuando "el origen del mal ha sido siempre un abismo del que nadie ha podido ver el fondo"? Su respuesta no por sencilla es menos lúcida y sabia: es pretencioso buscar explicaciones filosóficas o metafísicas para el mal del mundo y por eso la metáfora final del Cándido señala una solución: lo más razonable es cultivar nuestro huerto.

Rousseau tenía un culpable del mal físico o moral: el hombre o ciertas leyes de la naturaleza que desconocemos. Así pues, el problema era ético y social. Sin embargo, culpar al hombre es culpar a Dios. Y al culpar al creador el problema es teológico y religioso. En efecto, varios siglos antes de este debate ilustrado sobre el mal o sobre las imperfecciones humanas, ya se había delimitado desde la religión el papel jugado por Dios y por el hombre en el acto de la creación y sus consecuencias. Para el judaísmo, cuando Dios puso a rodar la Creación lo hizo de manera incompleta con el fin de que el ser humano se involucrara en ese proceso creativo, completándolo y perfeccionándolo. Esta tarea a realizar por los hombres es el tikún olam, un mandamiento de carácter espiritual que significa reparar el mundo bajo la soberanía divina. Y aunque inicialmente se piense que solo concierne a los judíos, pues sigue presente en las oraciones del día y en la Mishná, la reparación es responsabilidad de todos.

El papel protagonista o la oportunidad para poder crear que todo hombre recibe del Creador da sentido a su vida. La reparación es la forma que adquiere el acto creativo y ha de comenzar por uno mismo. La teología cristiana de Theilard de Chardin sin negar la interpretación judía sostenía que la creación progresa por evolución hacia su plenitud: el Reino de Dios; y en esa evolución es como si la divinidad creadora necesitara del concurso de los hombres. En una reciente tribuna el profesor Lazo añadía que se trata de "una evolución aun no terminada porque por fuerza es un combate doloroso contra el mal, el dolor, la enfermedad y la muerte". Es así, concluye Lazo, "como los sanitarios durante la pandemia se convirtieron en colaboradores de Dios". Y esta acción sería, al efecto, un cumplimiento del tikún si actualizamos su sentido.

No obstante, la efectividad de esta mitzvá está llena de obstáculos por la convivencia entre el mal y el bien. Yendo más allá de los ilustrados, se podría decir con Rohde que el mal es todo aquello que es degradante, cuando la voluntad individual se rebela contra la razón universal, contra el logos, amparándose en un uso del libre albedrío ajeno a la soberanía divina. Sus exponentes son la prepotencia, la codicia, la egolatría, y la violencia ejercida sobre los inocentes y los débiles. El bien es todo aquel impulso que mejora el mundo, bien utilizando los talentos individuales recibidos en provecho de todos, o legislando con justicia.

¿Qué ocurrirá en el caso de que el hombre actúe por su cuenta? La respuesta está en el Midrash (7,24) donde se lee a Dios decir al hombre: "todo lo que he creado es para ti. Asegúrate de no arruinar mi mundo, porque si lo haces, no hay nadie que pueda reparar el daño. E incluso traerás la muerte al mundo". Solo hay una manera de evitarlo y no es necesario que seamos santos o héroes. Basta con hacer cada día lo que se espera de nosotros, porque de todo aquello que tenemos obligación de custodiar somos responsables del daño que se produzca. Acaso fue la idea que guió a Oskar Shindler para rescatar a muchos judíos del sufrimiento y la muerte. Y por eso fue considerado justo, porque "aquel que salva una vida es como si salvara un universo entero" (Mishná, tratado Sanhedrín, 4,5) O la caridad verdadera y ejemplar de Teresa de Calcuta entre los pobres.

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