César Romero

Los entusiamos pasajeros

La tribuna

Con su primer Gobierno, Sánchez pareció generar entusiasmo, apoyado en la fe de la izquierda en la Política, que el tiempo ha demostrado bastante exagerado

Los entusiamos pasajeros
Los entusiamos pasajeros / Rosell

29 de enero 2020 - 01:40

Las gentes de derecha creen en Dios, o en el dinero. Las más, en los dos (quizá por el viejo mandato bíblico de "a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César"). Las gentes de izquierda creen en la Política, con mayúscula, aunque las más acaben finalmente quedándose en la Política, con minúscula. Los políticos de derecha parecen flaquear en el ámbito de las negociaciones o pactos, se sienten más cómodos en el terreno de las decisiones y disposiciones, en el ejercicio del mando (quizá por eso cuando un político de izquierda manda sin complejos, como ocurriera con Felipe González, sus correligionarios lo acusen de derechizarse; y cuando uno de derecha no lo hace como sus seguidores querrían lo tilden de tibio, como pasó con Rajoy a raíz del embrollo catalanista). Los políticos de izquierda se mueven mejor en el espacio de la Política, en los tira y afloja, en el negociar hasta la extenuación, en el uso (y abuso) de esa solución mágica para todo: el diálogo. Los políticos de derecha ceden su terreno de juego, que es el mismo: la política, a la izquierda. Son, como un Simeone cualquiera, resultadistas. Miren mis cuentas, arguyen como balance de su gestión. Los políticos de izquierdas se sienten cómodos en el jogo bonito de la política. Como un Guardiola cualquiera no sólo buscan el resultado sino un desenvolvimiento efectista en el campo de juego. También venden resultados, pero saben sacar partido al camino seguido para conseguirlos (aun cuando ni los consigan, como esos entrenadores que nunca ganaron nada pero siguen encandilando a su parroquia). Los políticos de derecha, quizá porque no les interese el juego en sí, o valoren más el fin que el medio para lograrlo, ceden el terreno de la Política a sus oponentes. Y ahí, tal vez, cometan un error de lesa democracia, porque pese a tener la capacidad de transformar la realidad social mediante su gestión pública, pareciera que eso es lo que menos les interesa, aun cuando lo hagan inevitablemente al ejercer el poder (una cosa va unida a la otra).

Las gentes de derecha, cuando llega al poder un Gobierno de izquierda, se echan las manos al bolsillo, sede de uno de sus objetos de fe, temiendo que lo vayan a vaciar, o al corazón, sede ambigua de su otra fe, también encarnada en los llamados valores, que siempre sufren un terremoto y entran en barrena cuando llega la izquierda (y sede también, según parece, de ese objeto de fe durante un tiempo olvidado y ahora recobrado: la patria). Y no se entusiasman con los gobiernos de derecha, porque lo que les interesa de la Política es que las dejen como están, ven en los políticos de su cuerda a unos meros y buenos administradores. Las gentes de izquierda, cuando un Gobierno de derecha se hace con el poder, echan mano de un altavoz y toman la calle, porque la calle es la sede de esos animales sociales de dos piernas que en cuanto se reúnen hacen siempre política, lo sepan o no, y claman con sus altavoces porque, antes de que tome posesión la derecha, ya sienten amordazadas sus libertades de expresión, manifestación, etc, y desde el minuto uno se apoderan de la Política y niegan la capacidad transformadora de los políticos de derecha, los acusan de buscar sólo el beneficio de los suyos, no el común, al fin y al cabo esos políticos les han cedido el terreno de juego de ese partido. Y, al contrario que las gentes de derecha, tienen una capacidad para entusiasmarse con los gobiernos de izquierda asombrosa, y de transmitir ese entusiasmo como si fuera la epifanía de una buena nueva con la que evangelizar al vecino dubitativo, y al resabiado, y al agnóstico o apolítico, propagan su fe con un entusiasmo tal que al más incauto lo logran convencer de que, antes de tomar la primera decisión, ya han transformado su vida.

Con su primer Gobierno, Pedro Sánchez pareció traer un entusiasmo contagioso, apoyado en esta fe de las gentes de izquierda en la Política, que el tiempo transcurrido ha demostrado bastante exagerado. Ahora, con el segundo, en apariencia más de izquierda, las gentes de derecha tiemblan, les faltan manos para cubrir bolsillos, corazón, etc., y las de izquierda andan rozagantes y sonrientes, renovadas en su fe en la Política, convencidas de que esta vez sí, esta vez la Política va a transformar la realidad y dejarnos como dijo el Guerra (el político, no el torero), que no nos va a conocer ni la madre que nos parió. Bendita fe, que tanto a unas como a otras les hace ver lo que quieren ver. Y a los escépticos, pues que al menos nos cojan confesados

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