Tribuna

Javier González-Cotta

Editor de Revista Mercurio

De la fosa de Pico Reja a Bosnia

Tomasica fue el centro de otros horrores producidos en Prijedor, en la región serbobosnia de Banja Luka, durante el verano de 1992 (Sevilla celebraba la Expo 92)

De la fosa de Pico Reja a Bosnia De la fosa de Pico Reja a Bosnia

De la fosa de Pico Reja a Bosnia

Hace apenas un mes, financiados por el Ayuntamiento de Sevilla de forma encomiable, concluían los trabajos de exhumación de cuerpos de represaliados por el franquismo en la gran fosa de Pico Reja, situada en el cementerio de San Fernando de Sevilla. Acaba de inaugurarse también un osario-memorial. Los guarismos de la muerte son fríos, no así el olvido. En Pico Reja se han hallado un total de 8.600 cuerpos: 1.718 pertenecen a personas fusiladas en la guerra civil. Otras 4.237 se hallaron inhumadas en ataúdes y 2.480 aparecieron en estado de desconexión anatómica (otros 165 son restos aislados).

Los medios y el alcalde de Sevilla, Antonio Muñoz, enfatizaron un dato estremecedor. La de Pico Reja es la fosa común más grande descubierta en Europa desde la hallada en Srebrenica, en el este de Bosnia, tras la atroz matanza sufrida por los bosnios musulmanes a manos de las tropas serbias del general Ratko Mladic. Los hechos ocurrieron del 11 al 13 de julio de 1995 en aquel doliente paraje y, por extensión, en el entorno agreste y paradisiaco -cruel ironía- del río Drina.

Pico Reja es sin duda otro nombre de la barbarie. Asombran sus dimensiones a quien visita la zanja. No obstante, con ser muchos estos 1.718 cadáveres de fusilados (la Universidad de Granada se encargará ahora de hacer las muestras de ADN), nada es comparable en horror a lo ocurrido en Srebrenica, en concreto en el entorno de la vieja fábrica de baterías de Potocari. Hay que visitar este lugar una vez en la vida, aunque la película Quo Vadis, Aida? recrea fidedignamente la tragedia.

Aledaños a la fábrica (antiguo cuartel de los denostados cascos azules holandeses), un monumento y un memorial hacen de este enclave, salpicado de estelas blancas, un centro para la recordación (el negacionismo aún se mantiene en muchos serbios -no todos- de Bosnia). En el memorial se lee esta cifra: "8.372…" Son las víctimas confirmadas, aunque el número total de muertos, estimado en más de 9.000, es aún desconocido (de ahí los puntos suspensivos). En Potocari se concentraron 30.000 civiles huidos de Srebrenica (la mayoría mujeres, ancianos, niños). Es aquí donde se hallaron las fosas de la ignominia. Otras 14.000 personas, civiles hombres y en parte combatientes, emprendieron la huida suicida hacia Neuk, a 80 kilómetros de Srebrenica. Fueron asesinados en el llamado Valle de la Muerte, a lo largo del curso del Drina (hoy surcado en verano por motos acuáticas).

No sólo Srebrenica es la fosa icónica de la tragedia de Bosnia, como se ha querido recordar en Pico Reja. El libro Las sepultureras, escrito por la documentalista Taina Tervonen y editado por Errata Naturae, es una perturbadora crónica dedicada a los trabajos desarrollados en la otra gran fosa de Tomasica, la segunda más grande de Bosnia, situada en el área de Prijedor, al noroeste del país. El equipo de trabajo de Pico Reja se reconocerá en los testimonios que aquí se recogen. La horrible particularidad que ofrecía la fosa de Tomasica (más de 800 cuerpos) era su hedor. Ello se debió a que la zanja se excavó sobre terrenos mineros ricos en hierro, lo que retrasó el proceso de saponización de los cuerpos. Cuenta la forense Senem Skulj, una de las protagonistas del libro (y por ende del documental realizado por Tervonen), que para combatir el hedor de los restos llevados a la morgue de Sejkovaca, se le ocurrió echarles sal, como se hacía con las momias egipcias (la sal no daña el ADN, pero elimina los repugnantes bichejos).

Tomasica fue el centro de otros horrores producidos en Prijedor, en la región serbobosnia de Banja Luka, durante el verano de 1992 (Sevilla celebraba alegre su Expo 92). Descubierta en 2003, se demostró que sobre esta fosa, que en principio se creyó secundaria, se arrojaron cuerpos desenterrados de otras fosas comunes, como las de Jakarina Josta (308 muertos), Stari Kevljani (456) y Hrastova Glavica (124). La mayoría de los restos exhumados corresponden a bosnios musulmanes procedentes de los campos de Keraterm, Omarska y Trnopolje. Casi todos vivían en poblaciones y pueblecitos que el lector intenta memorizar, siquiera como torpe tributo a su recuerdo (Hambarina, Carakovo, Kozarac, Zecovi, la propia Prijedor).

El siniestro traslado de los cadáveres a Tomasica en camiones, el silencio enfermo de quienes fueron testigos de aquella comitiva, los restos esparcidos por varios enclaves para dificultar su hallazgo o, entre otros asuntos, la insufrible burocracia forense; todo ello nos estremece hasta la cerviz. El contexto del odio en Bosnia no es comparable con nada, aunque la fosa de Pico Reja, citada por cierto en el colofón de Las sepultureras, sea otro nombre de la inhumanidad.

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