Tribuna

Alfredo fierro

Catedrático emérito de la UMA

Los más jóvenes

El inglés los conoce como teenagers: entre los 13 y los 19 años. Desde ahora ellos, como segmento de edad, van a ser los más expuestos no a la gravedad pero sí a la transmisión del virus. Estarán congregados en la mayor y potencialmente más contagiosa concentración, en las aulas: el 100 por cien hasta los 16 años; un porcentaje muy alto, aunque decreciente con la edad, hasta los 20 y más. También los niños van a estar así concentrados, en principio con igual exposición al riesgo, con una importante diferencia, sin embargo, respecto a transmisión. Los pequeños tienen su principal contacto extraescolar con la familia, y esta procurará que no contagien a los mayores, a los abuelos. La gran movilidad de los jóvenes trae consigo, en cambio, que cualquier repunte en ellos se transmita de manera difícilmente controlable. La adolescencia y la primera juventud es, además, la edad de socialización en pandillas móviles, donde se comparte todo, también lo malo. A eso se añade, en fin, que a esa edad no todos tienen completa conciencia de los deberes cívicos, según reconoce el listón de la mayoría de edad penal a los 18 años. Eso no es para calificarles de inconscientes: de hecho, niños y adolescentes han demostrado responsable madurez en los meses de reclusión y la están mostrando igualmente -con lamentables excepciones como entre adultos- tras el desconfinamiento; la inconsciencia es transversal a las edades. Eso es para verles como vulnerables.

La concentración en aulas de institutos y facultades universitarias no es solo un riesgo, sin embargo. También es una oportunidad. Los chicos y chicas allí podrán escuchar a diario más de una admonición para cumplir a rajatabla las normas de obligado cumplimiento en la calle y en los lugares de ocio. Profesores y maestros, y no solo los padres, habrán de recordárselas a tiempo y a destiempo: que no se hagan los valientes a cara descubierta, que no le pierdan el respeto al virus, que también ellos están expuestos a una infección con posibles secuelas de por vida, que en algún momento podrían estar afectados aun sin tener síntomas, que se sientan siempre responsables para no transmitirlo en modo alguno.

En el pico de la epidemia la población trágicamente más vulnerable fue la de mayor edad. En ella se produjeron los casos más graves y el mayor número de muertes. Es probable que los próximos brotes alcancen significativamente a la población juvenil. Por fortuna, la afección en jóvenes será leve, asintomática incluso. Por desgracia, son potenciales transmisores en una medida en que no lo serán ahora los mayores, muchos de ellos solitarios o aislados y todos ellos harto conscientes, cuando no angustiados, sobre la necesidad de tomar toda clase de medidas de seguridad.

Qué sucederá con la vuelta a las aulas no está en manos de los jóvenes. Dependerá menos de ellos que de la organización de los centros. El raquitismo -físico, económico, mental- con que se ha construido la educación obligatoria y la superior es caldo de cultivo para la transmisión vírica y apenas podrá paliarse con unas pocas medidas de urgencia como las acometidas por Universidades y Comunidades Autónomas. El indeseable caso de darse un significativo incremento en repuntes del virus en la juventud habrá de imputarse, por eso, no a ella, sino a una sociedad y a unas administraciones educativas que no crearon centros y aulas en condiciones.

La pandemia ha trastornado la economía y el mundo laboral. Si antes de 2020 el paisaje laboral era poco prometedor para los jóvenes, desde 2021 las expectativas para alcanzar un primer empleo serán aún más sombrías, no alentadoras para ponerse a estudiar una carrera larga. Por otro lado, será cada vez más necesario poseer un título cuanto más alto mejor -¡un master!, y ¡saber inglés!-, que tampoco garantizará -aunque sin él será difícil- encontrar trabajo coherente con las propias inclinaciones y con los estudios realizados.

Los rápidos cambios en el mundo profesional hacían muy incierta ya ayer la elección de una carrera superior en algunas titulaciones. Las perspectivas de trabajo en el momento de elegir, a los 18 años, podían variar mucho en el de terminarla unos años después. Esa incertidumbre va a subir de grado. Puede que eso incline a muchos jóvenes a emprender estudios de breve duración, ciclos profesionales, a veces con perspectivas próximas más claras que las de la Universidad, que, pese a todo, proporciona mejores oportunidades a plazo medio y largo.

El tópico -o más bien perogrullada- dice que el futuro es de los jóvenes. Lo es siempre; y a la larga, con los años, lo será de los jóvenes de hoy. Pero de momento, por ahora, en este septiembre, para ellos, más que para otros, es todo tan imprevisible, tan incierto… Lo más cierto es que en su regreso a las aulas todo es incertidumbre.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios