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Panorama

El que resiste…

  • Ni la crisis económica ni Podemos, que han tumbado a dos secretarios generales del PSOE, han podido con Mariano Rajoy

"Si me quieres, Mariano, da menos leña y más grano". Y Rajoy, que ha recuperado esta semana su proverbial socarronería, contestó a Aitor Esteban, portavoz del PNV: "Si quieres grano, Aitor, te dejaré mi tractor". "Es lo único que se me ocurre a esta hora", apostilló. El presidente del Gobierno, que se desprende de la coletilla de en funciones, es un buen orador, un tanto simplón, "un plato es un plato y una taza es una taza", pero bastante pedagógico cuando acierta. Pero donde realmente gana es las réplicas, en el cuerpo a cuerpo, ahí es cuando sabe lucir su humor gallego, que es una mezcla de sentido común y de alejado escepticismo. Eso es lo que es Mariano Rajoy Brey, un tipo que aparenta ser de lo más normal, aunque encierra tras esa fachada de simplicidad a un hombre que mantiene una enigmática alianza con el tiempo. A sus 61 años, este pontevedrés se asemeja más a un cuero flexible, ajado, pero resistente que al duro titanio. El mismo día que conseguía su investidura se marchaba del Congreso quien fuese su competidor en las dos últimas elecciones, Pedro Sánchez.

Cuando fue elegido presidente del Gobierno en diciembre de 2011, España sufría una de sus mayores crisis económicas, el desempleo cabalgaba hacia el 30%, el país estaba al borde de la quiebra y un terremoto político se escondía bajo los cimientos institucionales: políticamente, no han sobrevivido ni Alfredo Pérez Rubalcaba ni Pedro Sánchez ni Juan Carlos I. Ni Esperanza Aguirre, la que fuera eterna competidora de este registrador de la propiedad, con plaza en Santa Pola, lector del Marca, aficionado al deporte de sofá y, ya hoy, presidente del Gobierno después de diez meses en funciones. En efecto, tal como clamaba Camilo José Cela, en España, el que resiste, gana.

Mariano Rajoy comenzó su carrera política en la Alianza Popular de Manuel Fraga, con quien no se llevó bien del todo. Eran finales de los años setenta, cuando Rajoy, y aún lo recuerda, daba mítines a dos personas -"dossss" señala con dos dedos- en Fuente Palmera, Córdoba. Fue uno de los presidentes de Diputación más joven de España, en Pontevedra, y de ahí saltó al Gobierno de la Xunta; posteriormente, estaría en los Ejecutivos de José María Aznar a partir de 1996, donde fue de todo: ministro del Interior, de Educación, Administraciones Públicas, vicepresidente... Fue la negativa de Aznar a hacer de Rodrigo Rato su delfín lo que le llevó a la presidencia del PP y a la candidatura a La Moncloa, que le costó, ni más ni menos, que dos elecciones, ambas contra José Luis Rodríguez Zapatero. A pesar de que los críticos casi lo matan a pellizcos, fue el PP valenciano, el de Rita Barberá y Camps, junto al andaluz de Javier Arenas, los que le blindaron y lo llevaron casi en volandas hasta unas elecciones que sí pudo ganar.

Desde entonces, desde 2011, Rajoy ha sido un líder sin contestación en el PP. Sólo a principios de este año, cuando rehusó ser el candidato del Rey, comenzaron a oírse algunas voces muy críticas con él, pero siempre dentro del partido, nunca se oyeron fuera. Su momento más bajo llegó cuando Pedro Sánchez pudo armar un pacto con Albert Rivera, pero aquella tendencia quedó abortada cuando, después de las elecciones del 26 de junio; renovó la victoria de diciembre, pero con bastantes diputados más: 137.

Rajoy, en palabras premonitorias de Alfredo Pérez Rubalcaba, fue indultado por los españoles, y esa idea es la que ha llevado a la abstención de los socialistas. Dos victorias consecutivas son demasiadas. La artimética le ha salvado hasta de dos casos de corrupción que se han paseado por la puerta de su despacho en Génova, los de la Gürtel y Bárcenas.

Con Pedro Sánchez le separaba casi todo. Rajoy es un tipo acostumbrado a las negociaciones, sabe cómo crear un clima de complicidad sustentado en su sentido común, sabe que cuando dos quieren no hay barrera ideológica que los separe, pero con Sánchez nunca se entendió. Es más, siempre le sorprendió ese líder que, antes de sentarse en el sofá o en el sillón para hablar, antes de esos preludios preparatorios basados en las conversaciones sobre el fútbol o el tiempo, antes, justo en el momento de darle la mano, ya le anunciaba que le iba a votar que no. Le sacaba de quicio, como también hacía Rosa Díaz, una de las pocas personas con las que, realmente, se llevó mal. A Pablo Iglesias lo sobrelleva, y lo sobrelleva bien, con el humor como barrera contra este Peter Pan del rojerío pop.

En las próximas semanas, el PP deberá convocar su congreso, donde volverá a ser elegido presidente de su partido. Será el momento del recambio de la secretaria general, María Dolores de Cospedal, que posiblemente se incorporará al Gobierno. A partir de entonces comenzará una batalla por la sucesión entre los partidarios de Soraya Sáenz de Santamaría, sin mucho eco en el partido, y otro tipo de delfines, caso de Alberto Núñez Feijóo. Nadie podrá interpretar cuál es la querencia de Rajoy, callará y esperará, como lleva esperando desde diciembre a que otros, en este caso la mayoría del Comité Federal del PSOE, le diesen la Presidencia del Gobierno. Sin inmutarse, aunque eso sí: con las elecciones ganadas.

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