Atrezo esperando una función
Cuarentena en Torremolinos
Torremolinos, el buque insignia turístico de la Costa del Sol, permanece desierto en todo su litoral que otros viernes de Dolores ha vivido casi a rebosar
Escribió Juan Goytisolo en La Isla que “la vida en Torremolinos Torremolinostenía extraños límites, y lo que es más extraño, cierta tendencia retráctil”. 60 años después ya casi nadie se esconde en Torremolinos pero la vida se ha retraído tanto que sentir el paseo marítimo después de tres semanas de encierro deja una expresión parecida a la de Charlton Heston después de bajarse del caballo en la playa del futuro Nueva York.
No es tan dramático pero impresiona. La localidad que el pasado abril aportó 404.523 pernoctaciones –sólo superada en ese mes en Andalucía por Sevilla– a los datos turísticos del país vivió un viernes de Dolores sin nadie bajándose del tren en la parada equivocada, sin coches llenos de familias cruzando los dedos para que no lloviese, sin nadie que aireara las segundas residencias de madrileños, cordobeses y sevillanos en según qué zonas de la localidad. En el pueblo hay vida, el paseo marítimo y las zonas turísticas son atrezzo esperando una función sin fecha. Faltan tanto calzado abierto, tantas gafas de sol, tanto ruido de humanos que parece que el sol no calienta. El municipio de la Costa del Sol que mejores números de ocupación ha cosechado en los últimos años está congelado en plena primavera.
“Si antes vendíamos diez, ahora vendemos uno y medio siendo generosos. Ahora trabajo una semana de mañana y otra de tarde. Por las tardes podemos ver con suerte a 20 personas, por las mañanas algo más”,
explica José Luis, trabajador del principal estanco de la calle San Miguel, que a menudo está entre los que más vende del país. Una mujer pasea un perro feo en la distancia, es la única actividad en las cercanías.
Un sin techo que parece no querer entender nada mira mal desde un banco cercano a La Nogalera, cerca de la parada de taxis. El trayecto, en línea recta desde el estanco que está en el corazón de la calle comercial hasta la parada con dos coches esperando tiene una plaza en obras vacía y una estación de tren que tampoco muestra actividad. El ambiente de una tarde de viernes previo a la Semana Santa está escondido en un rincón, dentro de una casa.
“Trabajamos una parte de los taxistas los días pares y otra los impares. No tengo los números exactos pero si podemos trabajar entre 60-65 ahora no creo que haya 20”, explica uno de los dos taxistas que al bajarse la mascarilla sigue respondiendo preguntas: “Carreras muy cortas, hay gente que pide ir al supermercado, otros al ambulatorio, alguno al hospital, pero hacemos muy poca cosa”. Detrás de él, su compañero escucha la radio mientras a su izquierda, en la acera de enfrente, un repartidor resuelve un problema de física en el cajón de una moto muy pequeña.
“Estamos llevando más pedidos que antes de la cuarentena y está claro que no hay más gente”, responde sin quitarse la mascarilla: “La gente claro que sigue pidiendo, no me extraña, somos así. Además, la mayoría de los negocios similares de esta zona han cerrado, no tenemos competencia”. Al final la última caja de pizza pequeña acaba entrando, cierra el cajón y sale disparado: “Que haya suerte”, se despide.
Mientras alguien espera sus pizzas en algún lugar de Torremolinos una pareja de policías municipales sube las escaleras de la Cuesta del Tajo, desierta. Piden la documentación a un periodista, la cotejan y cambian un par de frases con muy buen ánimo a pesar de que patrullan un pintoresco lugar desierto. No son los únicos, patrullas de la policía secreta también recorren el paseo marítimo documentando qué está haciendo cualquiera que se encuentren.
Nadie en El Bajondillo, nadie en La Carihuela. Las dos playas más famosas cuentan hoteles cerrados y encomiendan el poco césped que les dejó el asfalto a los gatos callejeros, más pendencieros y malencarados conforme más lejos estén del paseo. En el Pez Espada, hotel más cinematográfico del pueblo, ya no se ve a nadie a través del ventanal que da al paseo esperando para entrar al restaurante, el césped que bronceó a medio Hollywood de los 60 crece sin toallas que le molesten ni niños que lo recorten. Las manzanas con viviendas que suelen usarse como segunda residencia para escaparse en Semana Santa y verano a la Costa del Sol tienen la mayoría de las persianas bajadas y están salpicadas con algún cartel de “Se alquila”. Nadie en la calle, nadie en el paseo. Las cañas se reúnen en el mar, como si quisieran saltar al cemento y volver a convertir el paraje en el cañaveral que era hasta que se lo comió el hormigón. Abducidos, los turistas no
existen, no se escucha una voz, el mar gobierna el sonido y, sin embargo, nada transmite tranquilidad.
De las playas cercanas a Playamar se han ido los patos. Este invierno ocupaban dos zonas pegadas al paseo, se acostumbraban a las fotos de los niños o las palmadas para espantarlos ,marcaban el terreno contra las palomas y las cotorronas argentinas a pocos cientos de metros de la oficina de información turística cerrada el viernes a cal y canto, sin nadie en las cercanías, ni un coche que le saludase a lo lejos. Las grandes torres hoteleras de la zona este de la localidad son moles con los ojos sellados y las puertas cerradas, no se fijan en ellas ni los runners que ya no corretean como en los primeros compases de la cuarentena. El escenario sigue esperando que alguien lo transforme en realidad.
Torremolinos quedó congelado con el estado de alarma. Justo en el plazo en el que la Junta se hacía eco de las cifras de ocupación de febrero: 247.467 pernoctaciones, sólo superado por Granada y Sevilla en Andalucía. La localidad costasoleña –68.661 habitantes en el último censo– acogió en febrero a 54.263 viajeros. Viajes programados, excursiones y gente que pasaba una media de cuatro días y medio en el pueblo. En el último lustro, la pelea contra la estacionalidad ha conseguido que el sol de invierno reconforte a mucho turista. En febrero, visitaron Torremolinos el doble de extranjeros (165.671.) que de compatriotas (81.796).
La proporción se nivela en verano, cuando el turista nacional sube y Torremolinos se coloca casi siempre a la cabeza de las pernoctaciones en Andalucía. Por ejemplo, el último agosto, las 660.285 pernoctaciones fueron el tope de la comunidad, de ellas 380.166 pertenecían a extranjeros. Pero es curioso. En lo referente a número de viajeros, la distancia entre locales y foráneos fue a la inversa: 69.687 españoles frente a 62.933 extranjeros. La diferencia estriba en que mientras el guiri pasó seis días de promedio el municipio por los
cuatro del turista nacional.
Este verano es una incógnita en todos los sentidos. La playa sólo espera la marea y el propio presidente de la Junta de Andalucía señaló tímidamente que se tratará de salvar el verano con el turismo nacional. A día de hoy, cualquier movimiento para pasar unas vacaciones es una quimera, pero todas las pesadillas terminan, con más o menos sudor.
Ajeno al pormenor de las cuentas y a las cifras de crecimiento, en la fuente de El Calvario con guantes de plástico y mascarilla un hombre llena bombonas de ocho litros. Mira a un lado y a otro, hay gente que sale de la tienda de congelados que tiene enfrente y a lo lejos ve con dificultad una pequeña cola de seres humanos separados por tres pasos que esperan en la panadería Francisco, la más famosa del barrio, puede que del pueblo. La vida sigue furtiva en los barrios y en los últimos días la UME ha paseado sus coches por algunas calles concurridas de la localidad. “Quédense en casa”. En el balcón, una mujer asiente con una mascarilla puesta, como si con un pequeño movimiento de cabeza pudiese soltar todo lo que piensa, los días que quedan por venir. En el limbo, los salarios veraniegos para tirar el resto del año y la sobredosis de turismo esperan nacer de nuevo. No hay crisis que les dé otra opción. La Costa del Sol siempre espera a alguien.
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